Me rindo ante José María Zavala. Chema era un periodista económico, de esos que se peleaba por la exclusiva sobre una fusión bancaria.

De repente, nos sorprende con un libro sobre el Padre Pío, uno de esos personajes que 'no hacen intelectual' al biógrafo. Y ahora, de la mano de la editorial Libros Libres vuelve al proscenio con otro título aún más provocador: "Las apariciones de El Escorial".

Confieso que sobre las apariciones de la Virgen María en Prado Nuevo yo fui uno de los incautos que cayó en la celada de la prensa progre. ¿Qué quieren que les diga? Todos tenemos un pasado turbio o un pasado tonto. Servidor posee ambos. Yo también creí que se trataba de una iluminada o de una estafadora, o quizás de ambas cosas a la vez.

El error fue debido, además de a mi ingenuidad, a mis tópicos. Los periodistas pensamos que, por vivir la actualidad en tiempo real, somos inmunes a influencias ajenas. Lo cierto es que lo somos más que nadie, verdaderos esclavos de todos los lugares comunes que cualquier gañán pedante inventa cada minuto.

En el caso de las revelaciones de la Madre de Dios en El Escorial, he sido un ingenuo, no sólo por creerme las crónicas periodísticas sobre las apariciones sino -lo que es más grave- por creerme el frívolo análisis de la progresía acerca de lo sobrenatural, análisis consistente en el habitual "cara yo gano, cruz, tú pierdes". Esto es, si alguien declara -que por lo general no lo declara- que se le aparece la Virgen la primera reacción de los medios es que es falso: el vidente es un majadero o un estafador. Pero cuando el majadero demuestra que las apariciones son reales, mediante la demostración de lo inexplicable, entonces se ridiculiza al vidente. Todo muy científico y aún más futbolístico: o pasa el balón o pasa el delantero. Los dos juntos, nunca jamás.

Cuando se trata de saber si una aparición es una revelación divina o una patraña humana hay que escuchar a la Iglesia, que por algo constituye el magisterio de Dios. Ahora bien, la Iglesia se toma su tiempo. En otras palabras, como cuenta Zavala. Monseñor Suquía, en el momento de autos arzobispo de Madrid, fue muy duro con la vidente, Amparo Cuevas, mientas calibraba su sinceridad. Luego, vistos los frutos, y al igual que su sucesor, Antonio María Rouco, apoyó la obra que surgía alrededor de Amparo Cuevas.

Pero surgió un periodista, Zavala, que ha ido a por los hechos. Vamos, que ha sido todo un científico. Zavala ha sabido descifrar ese rumor sordo sobre sucesos extraordinarios, verdadero fenómeno del mundo actual que, sin embargo, produce el efecto más irracional: el de los que se niegan a creer lo que tiene ante los ojos y prefiere acogerse a la caricatura mediática, los que no están dispuestos a aceptar a Dios por sistema y, por tanto, ignoran las pruebas, científicas, de lo que ocurre. Antes cerrar los ojos que aceptar lo que contraviene sus prejuicios.

Ejemplo: es demostrable que Amparo Cuevas sufrió los estigmas de la pasión en pecho, brazos y pies. Decenas de personas son testigos, entre ellos los médicos que no han sabido explicar como es posible que una mujer se desangre durante un periodo de tiempo dado. Ejemplo: la danza del sol, como en Fátima, observada por centenares de personas durante años. Negarlo no es negar la fe, es negar la ciencia.

Las apariciones de El Escorial son demostrables, lo indemostrable es la caricatura de esas apariciones. Y este es un libro para leer despacio y para conocer dos cosas: que Dios sigue haciendo milagros y que debemos dominar nuestros propios prejuicios para ser más racionales y más razonables.

Eulogio López

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