Comentábamos en nuestra anterior edición que el Papa Francisco (en la imagen), bonaerense, había sido un valiente al enviar un mensaje de condolencia por la muerte de Margaret Thatcher, cuya gestión calificaba como inspirada en principios cristianos. Y servidor lo avaló, por cuanto la llamada política ultraliberal de Thatcher no fue sino la defensa de la propiedad privada -derecho inalienable, defendido por la Iglesia y garantía de libertades para las personas y las familias- frente a la estafa que se pretende con la propiedad pública, que como no es de nadie es del Gobierno y favorece la corrupción y el parasitismo.

Y sigo diciéndolo. Ahora bien, me han breado, especialmente desde Buenos Aires (muchos argentinos murieron en la Guerra de la Malvinas), por aquello de los principios cristianos de Thatcher. En concreto con el argumento de que doña Maggie puso en marcha la ampliación de la ley del aborto de 1967. No llegó a convertirla en derecho -esa era la tarea egregia a la que estaba predestinado nuestro Zapatero y que nuestro Rajoy perpetúa- pero amplió el aborto hasta las 24 semanas (1990).

Conste que en 1985, nuestro inefable Felipe González ya había decretado el aborto libre en España con la trampa del supuesto de peligro para la salud psíquica de la madre. En definitiva, la Thatcher era una abortera y el hecho de que lo hayan sido casi todos los políticos europeos desde la época de los ochenta, no me consuela nada.

Ahí rectifico con mucho gusto. Pero no creo que por ese telegrama haya que juzgar al Papa Francisco. Se necesita mucho coraje, coraje porteño, para ver más allá del durísimo enfrentamiento de Las Malvinas. Y además, respecto a las críticas directas al Pontífice voy a decir algo, más que nada para que se enteren todos los vaticanólogos, tanto españoles como argentinos: es el vicario de Cristo en la tierra quien tiene que juzgar a los fieles, no los cristianos quienes tenemos que juzgar al Pastor. Yo, al menos, no me considero capacitado. Si considero que un Papa, o un obispo, yerra, lo que tengo que hacer es rezar por él y, en la medida de mis posibilidades hacerle una corrección fraterna, no escribir un artículo ni rasgarme las vestiduras en público.

Por dos razones: porque es el vicario de Cristo en la tierra y porque es exactamente lo mismo que hacemos cuando percibimos defectos en familiares o amigos: intentamos corregir pero no lo aireamos en el Foro público. En suma: si el Papa dice A y yo B, es el Para quien tiene razón. Y ninguna crisis eclesial o convencimiento sobre este siglo como fin de etapa, hace perder validez al principio primero.

Que ya está bien de tanto obispo sin mitra.

Eulogio López

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