El CEU organiza unas jornadas contra el desánimo. Pertinente, sí señor, porque si hubiera que definir a la sociedad actual -profundo análisis sociológico- bastaría con cuatro palabras: tristeza, cuando no, desesperación.

Lo malo que tiene el pesimismo es que no se rebela, revienta, y tras la tempestad de furia viene la calma chicha de la inacción. La tristeza anula el progreso y sólo sirve para denigrar lo que marcha mal, lo que marcha regular y hasta lo bueno que nos quede.

Chesterton lo explicaba así: "Suele hablarse del pesimista como de un hombre en rebelión. Pero no es así. En primer lugar, porque hace falta cierta alegría para permanecer en rebelión. Y, en segundo lugar, porque el pesimismo apela al lado más débil de cada uno, y el pesimista, por tanto, regenta un negocio tan ruidoso como el de un tabernero. La persona que verdaderamente está en rebelión es el optimista, el que por lo general, vive y muere en un permanente esfuerzo tan desesperado y suicida como el de convencer a los demás, de lo buenos que son. Se ha demostrado más de un centenar de veces que, si verdaderamente queremos enfurecer, incuso mortalmente, a la gente, la mejor manera de hacerlo es decirles que todos son hijos de Dios".  

Insisto: no todo va mal y, si todo fuera mal, mayor obligación para intentar que mejore, no sólo exabruptos para destruirlo. Pero nos sobran agonías, y el deprimido lo único que puede hacer es destruir, por lo general por omisión.

Y esto es válido para el estado del mundo, de España... y también para el estado de la economía, donde la imagen crea la realidad. Podemos ponernos pesimistas para criticar al Gobierno (y yo me apunto a ello con entusiasmo, seguidor como soy del "piove, porco governo"), a la Monarquía, a los banqueros, a los jueces, a la prensa y a Lolita Flores, pero digo yo que habrá alguien honrado. Entre otras cosas porque si todo fuera malo el mundo desaparecería. Recuerden, con los escolásticos, que el mal no tiene entidad: sólo es la ausencia de bien, así que si todo va mal el mundo no existe. Y a esa conclusión no ha llegado ni Rosa Díez.

Eulogio López

[email protected]