Al parecer, Barack Obama, un pato cojo, es decir, un presidente en su segundo mandato, necesitaba una guerra para pasar a la historia. Lo importante, cuando es el hombre más poderoso del mundo, es que se hable de uno, aunque sea bien. Y como Obama tiene miedo a las consecuencias de una guerra en Siria (y es para tenerle miedo) ha decidido lanzar una bombardeo limitado, limitado a tres meses- sobre Siria.

Su secretario de Estado, John Kerry (en la imagen), uno de esos políticos católico-aborteros, los que más grima me producen, lo explica muy requetebién: "El presidente Obama no está diciendo que  Estados Unidos vaya a la guerra". Cierto, lo único que pretende es provocarla. Bueno, él no quiere provocarla, porque tiene miedo a sus consecuencias pero sí quiere ganar una guerra, aunque sea un bombardeo desde el aire y aunque provoque el estallido del polvorín en todo el mundo islámico y quién sabe si en todo el mundo. Obama se cree lejos y a salvo.

Y el caso es que Obama va consiguiendo apoyos para su ataque entre demócratas y republicanos. Al final, hasta Rusia podría ceder si la alternativa es invasión o bombardeo desde el aire. Ahora bien, aparte de que los bombardeos aéreos es algo así como matar moscas a cañonazos, se trata del ataque más cobarde de todos y que, sin duda, generará una estallido, más o menos controlado, a su alrededor.

Obama actúa de forma más cobarde aún que George Busch y no es menos cruento que éste. Es más, creo que puede ser una guerra peor que la de Irak, porque el vaso está a punto de desbordarse en la zona.

Pero aunque no fuera así, conste que Obama se dispone a masacrar a un Gobierno que ha defendido el principio más relevante en la zona: la libertad religiosa. Sobre todo la de los cristianos.

Este aprendiz de brujo llamado Obama puede provocar un estallido mundial. Y si no lo provoca, el muy insensato estar premiando a quienes derribaron las torres gemelas y masacrando a quien con todos sus defectos, contenían al fanatismo islámico. En Ryad, el fanatismo millonario wahabita, están felices.

Eulogio López

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