Sin-descargas, le llaman a la ministra de Cultura en Internet. Las películas españolas no son las más perjudicadas por las descargas ilegales porque casi nadie quiere verlas. Las más vistas -buenas o malas, sensatas o majaderas, respetuosas o pornográficas- son extranjeras.

 

Álex de la Iglesia, director de cine y presidente de la Academia del Cine y de las Artes Cinematográficas (¡menuda redundancia pedantona!), lo reconoce: no conectamos con el público. Y no conectan porque son horteras y soeces. Los críticos hablan de la teta española que, al parecer, es lo único que sabemos mostrar. Sí, ya sé que generalizo, que hay excepciones, pero, ¿acaso es posible no generalizar?

Álex de la Iglesia ha dimitido: no me extraña. Por lo menos, es sincero.

El cine español sobrevive gracias a las subvenciones públicas y a las televisiones, sean públicas o privadas. Así que más que de la piratería ajena deberían preocuparse de la calidad propia y algo menos de la propia vanidad. En términos económicos, vivimos en un mercado forzado. Especialmente si del cine nos vamos al teatro.

Porque lo mismo ocurre con las teleseries. El teatro de hoy son las comedias de situación y el teatro ha sido, a lo largo de la historia, el género más influyente. Las series norteamericanas, británicas e incluso francesas, triunfan en nuestros canales pero las españolas nos la sitúan en horario de máxima audiencia sólo porque la inversión procede de nuestras propias cadenas de televisión. Y el espectador no es exigente con ellas porque todos nos sentamos a las diez de la noche a ver que nos echan en la televisión con el día vencido y el ánimo desmayado. El éxito procede de la vagancia y, con todo, la gratuidad genera más espectadores que entusiasmo por gratuidad.    

El problema del cine es que, al contrario que las teleseries, no es gratuito. Los estrenos hay que verlos en salas de cine o pagar un canal de estrenos o comprar un DVD.

En otras palabras: los productores españoles de cine o de teatro televisado no deberían preocuparse en exceso por la piratería. Quienes sienten deseos de piratearlas son una exigua minoría.

Acabo de recibir un comunicado de los creadores digitales -otra pedantería, el hombre no crea nada, sólo produce- muy preocupados por la defensa de nuestra cultura ante la invasión extranjera. Pero hombre, ¿de verdad cree alguien que la cultura española consiste en Pedro Almodóvar, Paz Vega, Miguel Bosé, o Amaya Montero? ¿No hay alguien más? Estos pedantes se han apropiado, no sólo del presupuesto gubernamental a cambio de su apoyo político a la progresía sino del término cultura: una cosa es la cultura, otra el espectáculo y otra el especta-culo. Y, además de eso, el espectáculo español es furibundamente cristófobo. Cuando a alguno de los creadores no se le ocurre nada, le da un pescozón al cura o sencillamente blasfema y es entonces cuando a la injuria le llaman ironía.

Lo que está claro es que a la mayoría de los españoles no les gusta ni el cine español ni el teatro -o teleseries- españolas.

Y ambos, cine y teatro, coinciden en algo: su repugnante vulgaridad. El problema de la corporativa ministra Sinde no son las descargas ilegales sino que subvenciona lo que no tiene desarrollo comercial ni popular, porque al público no le gusta lo que financia con sus impuestos (con los del público, no con los de Sinde), o no le gusta lo suficiente como para pagar por ello.

Si el jamón ibérico o el vino español no gustara a los españoles no se consumiría en el extranjero, pero es que sí gusta, porque hacemos un espléndido jamón y el mejor vino del mundo.

Que no, que no necesitamos ni combatir la piratería ni subvencionar nuestra cultura. Lo que necesitamos es crear menos vulgaridad. El creador debe dedicarse a remover conciencias, no a revolver estómagos, a interrogar la sensibilidad del espectador, no a herirla.

Por lo demás, ¿quién ha dicho que la propiedad intelectual deben cobrarla intermediarios privados? Si es un derecho público deberá ser el sector público, y no las Sgaes quien recaude los réditos de la propiedad intelectual, vamos, digo yo.

Eulogio López

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