Vivimos en una cultura de la muerte aunque esté oculta tras los ropajes del consumo y bienestar.

 

Basta profundizar un poco para que esta indigencia moral se presente tal como es, con un egoísmo feroz, una violencia agresiva y poco respeto por la vida, que es un don divino. Todo ello aderezado con los mejores ingredientes hedonistas y materialistas que nos llevan a un estado de naturaleza donde todo está permitido, donde no existe el más mínimo referente moral.

Por lo tanto, hay que contraponer una "cultura de la vida", localizada en el regazo de la familia, frente al "imperio de la muerte". Estamos viviendo en una cultura de la muerte pero, a través del amor, se está trocando en la cultura de la vida.

El estudio de la Oficina Nacional de Control de la Drogadicción de Washington, afirma que los alcaloides pueden producir daños como zozobra, melancolía, brotes psicóticos o tendencias al suicidio.

También el suicidio asistido es despiadado. Un chiringuito abortista ha tenido apuros para obtener la pócima mortal y ha acudido a la ingestión de helio. Al examinar los vídeos de los suicidas, es pavorosa la congoja que se dilata cerca de una hora entre opresiones y convulsiones de los pacientes.

Por otra parte, la malaria sigue cobrándose cada año un millón de vidas en África, lo que supone alrededor del 85% de las muertes de todo el mundo. La organización Médicos sin Fronteras (MSF) ha hecho un llamamiento para que los países africanos adopten los medicamentos recomendados para tratar la enfermedad, sin embargo ha denunciado que, unos años después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS), recomendase que todos los países africanos cambiasen los antiguos tratamientos antipalúdicos por las terapias combinadas; más de un 70% continúan sin hacerlo.

"Es importante subrayar que el suicidio es un acto morboso, decadente y cobarde", afirmó el director de cine alemán Oliver Hirschbiegel. También Alejandro Dumas aseveró que "el mayor de los delitos es el suicidio, porque es el único que no tiene arrepentimiento".

Clemente Ferrer

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