"Un enemigo de la libertad de empresa". Así ha calificado el candidato republicano Mitt Romney al presidente -y candidato demócrata- de Estados Unidos, Barack Obama.

Quería, con ello, templar las críticas de las bases republicanas, para quien el inquilino de la Casa Blanca es, sencillamente, un comunista.

Pero lo cierto es que Obama no es ni una cosa ni la otra. Lo que ocurre es que Romney es un señor que se ha hecho rico a costa del capital-riesgo, es decir mucho capital prestado y ningún riesgo asumido.

Para Romney, ser liberal consiste en que una empresa pueda hacer cualquier cosa con el dinero de sus accionistas o con el dinero que le ha prestado el banco. Pero eso no es liberalismo, es capitalismo en estado puro, es decir, la libertad de la zorra en el gallinero y, a la postre, siempre acaba siendo capitalismo de Estado, que es muy parecido al socialismo. Liberal es el partidario, no de la empresa privada, sino de la propiedad privada, que no es lo mismo.

Chesterton ya aclaró la diferencia hace 100 años: "¿Qué más me da que todas las tierras del condado pertenezcan al Estado o al duque de Sutherland?". El caso es que no están repartidas entre pequeños propietarios, que es lo justo.

Barack Obama no es un comunista ni un riesgo para la empresa privada sino para la propiedad privada. Es, sobre todo, un progresista, es decir, un enemigo de la vida, o sea, de la humanidad. Como buen progre, Obama es un entusiasta del aborto, de reducir la cantidad de esa especie depredadora que es el hombre, verdadero coñazo que no permite una sana planificación del planeta, a cuyo servicio debe estar la humanidad.

Y en economía es partidario de las grandes empresas convenientemente reguladas por el Estado, es decir, por el Gobierno, es decir, por él mismo. Todo lo grande es ingobernable y todo lo grande destruye la propiedad privada pequeña, que es la única propiedad visible, la que proporciona libertad y eficiencia. Por tanto, a la propiedad privada se oponen tanto el Estado -por grande y porque funciona con el dinero de los demás, con los contribuyentes- y la gran empresa, que funciona con el dinero de los demás, de sus accionistas, que nada pintan porque son minoritarios. Ambos -Estado y empresas- se aprovechan de las ventajas de ser grande contra el pequeño: sea el consumidor, el accionista minoritario o el trabajador.

En plata: hay muchos aspectos en los que Romney y Obama se parecen hasta demasiado. Ambos se oponen al Cristianismo, que defiende al hombre como rey de la creación, a cuyo servicio debe estar la naturaleza, no al revés, y defiende la propiedad privada, especialmente la propiedad privada pequeña (PPP), porque ser propietario de unas pocas acciones de una gran empresa o de un gran banco es no poseer nada porque nada puedes decidir acerca de su presente o de su futuro. Propiedad privada es tu piso, tu despacho, tu pequeño negocio: eso sí depende de ti.

Y el pequeño propietario es, además, el trabajador más eficiente y el más libre. No se trata de defender la empresa privada sino la propiedad privada, según el otro distingo de Chesterton: un carterista puede ser un gran defensor de la empresa privada pero no se le podrá considerar un defensor de la empresa privada. O lo que es lo mismo: la propiedad privada es como estiércol: es estupenda con la única condición de que esté bien repartida.

No, Obama y Romney se parecen demasiado. Eso sí, Obama es un enemigo de la vida humana mientras que Romney sólo es tibio en materia de aborto. En economía, ambos son iguales. Obama es un demagogo que asegura que los ricos pagarán más impuestos. Es el mismo candidato de 2008 y el presidente en 2009 que utilizó dinero de los contribuyentes -o de la máquina de hacer dinero, que acaba por ser lo mismo- en favor de hipotecarias, aseguradoras y bancos norteamericanos quebrados. Es decir, utilizó el dinero de los demás para llenar los bolsillos de especuladores y rentistas. Romney, el hombre que se enriqueció destrozando empresas con el dinero de los demás.

Mejor que los republicanos elijan a otro candidato.

Eulogio López

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