La postmodernidad es la cultura del titular. Eso significa que el economista inglés Fritz Schumacher (muerto en 1977) (en la imagen) tenía que pasar a la historia por una de sus frases y titular de su obra más conocida: Lo pequeño es hermoso. Con eso bastaría para llevar décadas de investigación académica.

El economista y directivo bancario, y ahora asesor bursátil, José Antonio Santos Arrarte, escribió para la revista Verbo un exhaustivo artículo sobre el este Zapatero (significado de Schumacher en alemán) que pretendió, no humanizar, sino cristianizar la economía. No es de extrañar que Santos, su brillante biógrafo, titule: "Schumacher, ¿misionero o visionario". Probablemente fue un hombre misionero y un economista visionario. Schumacher se convirtió a la Iglesia Católica cuando cumplía los sesenta años. Pero fue, como Chesterton, una conversión tardía.

Schumacher es considerado por Joseph Pearce, en su manual de referencia (Escritores Conversos) como el hombre que le dio patina académica entre los economistas -gente con cierta tendencia a la pedantería- al distributismo que decenas antes había puesto en marcha Hilaire Belloc (el Estado Servil) y los hermanos Chesterton. Un grupo que planeaba una defensa de la propiedad privada pequeña, es decir, distribuida, y que es tan odiado por los socialistas como por los capitalistas.

Schumacher lo definió de forma genial en la precitada frase: Lo pequeño es hermoso. No lo público, ni lo privado, el falso enfrentamiento entre capitalistas y socialistas, dos atentados contra la propiedad privada, dos ideologías que adoran el dinero de los demás y, sobre todo, que adoran que lo grande avasalle a lo pequeño.

La cuestión social no es la lucha entre el Estado y la iniciativa particular. En principio, el distributismo puede parecer que se aproxima más a la libre iniciativa que al Estado pero sólo nos lo parece así porque creemos que el Estado es malo por ser público, cuando es malo porque siempre es el operador más grande, una verdadera multinacional que, por ser de todos, no es de nadie y lo gestiona el Gobierno, otra vez el dinero de los demás. Y también confundimos distributismo con capitalismo porque tendemos a identificar propiedad privada con empresa privada. Y, como recordara Chesterton, no es lo mismo: un carterista puede ser un defensor de la empresa privada, la suya, pero nunca podrá ser considerado un paladín de la propiedad privada.

Además, Schumacher, al que sus colegas no le perdonaron su conversión al cristianismo, recogía la 'Rerum Novarum' de León XIII y su menaje de que es mejor un mundo de propietarios que de proletarios. Y un mundo de propietarios no admite grandes propietarios, ni públicos ni privados.

Traducido al mundo actual, lo pequeño es hermoso significa el emprendedor y la figura del autónomo, el hombre que busca su propia máquina de facturar. Significa la lucha contra los mercados financieros (gente que funciona con el dinero de los demás), significa la lucha contra el poder del Estado y contra el poder de las multinacionales. Significa también que el dinero sólo es un instrumento de cambio y que no debe producirse más del necesario, la producción artificial de dinero -el dinero postizo, otra genial invención de Santos Arrarte- que devalúa y distorsiona toda la vida económica.

Me dejo mucho de Schumacher y mucho del resumen de la obra de este gran Zapatero, a cargo del gran biógrafo Santos. Me dejo su obra La era de la abundancia, una forma de denunciar que la crisis económica moderna, crisis de fin de ciclo, no son crisis de penuria sino de exceso. En concreto, la actual, es crisis de sobreabundancia de dinero.

Me dejo, también, su Guía para perplejos, con las tres ilusiones que nos han llevado a este fin de etapa:

1. El crecimiento infinito es posible en un mundo finito.

2. La ilusión de la mano de obra ilimitada que iba a aceptar trabajos mecánicos a cambio de salarios de subsistencia.

3. La ilusión de que la ciencia puede solventar todos los problemas (esta última una ilusión muy de mi agrado) prescindiendo del principio -moral e intangible- de la justicia.

En su lecho de muerte, cinco días antes de fallecer, don Fritz le tendió a su hija un ejemplar de Guía para perplejos, mientras le susurraba: "Para esto ha servido mi vida". Aún sería más útil si le releyéramos.

Eulogio López

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