Todo está relacionado. Noticias varias: El gobierno danés obligará a la Iglesia Nacional de Dinamarca a casar homosexuales.

Lógico: ¿Acaso no es el financiador de una iglesia regalista, es decir, introducida en el Estado y dependiente de él? Mañana podrá obligarle a abortar o a no bautizar inmigrantes. Todo depende del Gobierno. Y todo esto nos retrotrae a la vieja máxima: "Mejor una Iglesia pobre pero libre".

Nos trasladamos a Camboya: los jefes de los jemeres rojos, uno de los grandes genocidios del siglo XX, están siendo juzgados por sus crímenes pero ellos no se arrepienten de nada. Argumento: "Si hubiéramos tenido piedad, la nación se habría perdido". Esto es, que la nación era más importante que 1 millón de personas asesinadas. Olvídense de si la masacre permitió la supervivencia de la nación. Quédense simplemente con la personificación de la nación que vale más que un 1 millón de sus 'nacionales'. Es la conexión entre nacionalismo y panteísmo, que, sin resultar tan dramáticos, también se deja ver en algunas posturas en Occidente, en partidos radicalmente democráticos: la nación o el Estado es un ídolo donde se sacrifican las personas.

En el entretanto, en Durbán, comienza la conferencia contra el Cambio Climático. Ciertamente, hay que prestarle atención al cambio climático pero esta conferencia, al igual que sus precedentes, tiene todo el aroma del panteísmo ecologista: el planeta por delante del hombre, el hombre sacrificado al planeta. Al igual que ocurre con los jemeres, ambos elementos no son incompatibles, es el ecopanteísmo quien lo hace incompatible. Y así, el principal objetivo de los verdes termina en que los millonarios se forran con dinero público a cambio de poner en marcha energías carísimas, especialmente la solar.

De lo que se deduce que el panteísmo, sea nacionalista o globalista, siempre acaba en tontismo.

Eulogio López

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