(Mc 10, 32-45).

El general y tribuno romano Marco Cornelio Agripa, nuevo gobernador de Jerusalén caminaba al frente de su cohorte por las empinadas calles de Jerusalén, camino de la fortaleza romana. Es decir, hacia una de las sedes de su nuevo cargo, con el que había sido castigado por un emperador celoso de la fama que había adquirido en el campo de batalla.

Cornelio, que frisaba los sesenta años, nunca había sentido tentaciones políticas, pero sus éxitos militares le habían convertido en un héroe en una Roma que, sin ideales a los que adherirse, buscaba héroes a los que venerar.   

Marco Cornelio poseía, en efecto, el mejor historial militar del Imperio: por eso había que alejarlo de Roma. Ahora no tendría que pelear en el campo de batalla sino en un escenario donde todos sus antecesores habían fracasado: como gobernador de Siria encargado de poner orden en una de las regiones más difíciles del orbe romano. Sobre todo, debía meter en cintura a un pueblo, no especialmente violento, pero conocido por su recalcitrante resistencia a aceptar la colonización del Imperio y hasta el propio Derecho Romano. Un pueblo extraño y singularísimo, afortunadamente minúsculo: los judíos.

Aquella ciudad de calles estrechas y empinadas apenas permitía el paso de dos jinetes en línea, por lo que Marco Cornelio avanzaba sólo y su cabeza miraba hacia quienes le observaban desde las terrazas y casi podían tocarle con las manos.

Por fin, la calle se abrió pero, antes de que su guardia pudiera ponerse a su altura, ocurrió aquello. El caballo que montaba Agripa coronaba un repecho cuando se oyó el zumbido de una flecha que atravesó, de atrás hacia delante, el hombro del militar, justo por encima del corazón. El tribuno cayó del caballo, entró en el universo de la inconsciencia y ya no supo más. La visita del nuevo gobernador de Jerusalén y responsable de toda la provincia romana de Siria, empezaba bien.

Convertidos en noticia, los hechos podrían resumirse así: el preboste del Imperio, general más laureado del Ejército romano, había sufrido un atentado en tierra de judíos. Un grupo de rebeldes había recibido a flechazos a la cohorte enviada desde la Gran Siria para inspeccionar aquel rincón desértico y rebelde del Imperio, cuyas motivaciones últimas nadie en el Senado romano lograba comprender.

Y antes de conocer su centro de mando en la capital hebrea le habían recibido con un flechazo mortal. Un atentado que tenía algo de suicida pues a sus hombres no les costó mucho tiempo localizar al autor y, antes de que alguno de los colaboradores veteranos del Gobernador pudiera impedirlo, le dieron muerte en el acto. El asesino era un hombre ya vetusto, con túnica de campesino y aire de sufrir un cierto retardo mental. A renglón seguido detuvieron al propietario del terrazo desde donde se había lanzado el proyectil, un tal Bartimeo, uno de los más acomodados comerciantes de Jerusalén, así como a su madre viuda, de nombre Isabel, ambos en condición de cómplices del magnicidio.  

El Tribunal se constituyó de inmediato. Mientras, el general Cornelio sufría un estado febril y una debilidad letal, producto de la pérdida de sangre. Atendido por los médicos de la guarnición jerosolimitana y sin que su segundo, el leal Cayo Nubio, se separara un momento de su lado, Agripa luchaba por su vida.

Pero los viejos soldados tienen los huesos duros y un tozudo empeño en no morirse ni aunque les maten. Tras un día de agitada traspiración pudo respirar con serenidad. Al final, la fiebre remitió y Cornelio volvió al mundo de la consciencia. Lo primero que contempló fue el rostro de su ayudante y lo primero que reclamó fue un informe de los hechos, que Cayo resumió con sobriedad castrense:

-Bartimeo será crucificado y su madre, Isabel, enviada a un agujero donde se pudrirá hasta que muera. La servidumbre será enviada al mercado de esclavos de Roma.

Marco Cornelio volvía al mundo de los semivivos pero hasta él, que llevaba el cuerpo lleno de cicatrices y algún hueso mal soldado, necesitaba un tiempo para activar ese perverso mecanismo conocido como memoria. Además, se tomó un tiempo extra para repensar las palabras y el tono empleados por su segundo:

-¿Son culpables, Cayo? –preguntó como si la opinión de su hombre de confianza en el campo de batalla le bastara. Y lo cierto es que confiaba en él mucho más que en los tribunales romanos:

-No –respondió el aludido, sin el menor asomo de duda-. Son varios los testigos que vieron al asesino situarse en la azotea de los detenidos. Pero los jueces tenían prisa por dar un escarmiento y por presentaros un caso cerrado que satisficiera vuestra sed de venganza.

El general se volvió:

-Gracias Cayo, pareces my consciente de que yo me muevo por instinto de venganza.

-No, mi general, Vos no, pero ellos no lo saben. En cualquier caso, si queréis juzgar su inocencia deberéis daros prisa. Podéis mirar a la cara de los acusados porque el juicio está a punto de concluir, justo al lado de esta estancia, en el Pretorio.

La ironía de su subordinado hizo sonreír al general. Su mano derecha se burlaba de la presunción habitual de su superior: la de que con sólo mirar a un hombre a los ojos podía descubrir su rectitud de intención, su culpabilidad o su inocencia. Pero aún tuvo tiempo de preguntar:

-¿Gente de posibles?

-Sí. Su familia comercia en vino y ganado. Es un jefe de clan, no un fanático, y alabado en toda la región… Creo que son inocentes y que los jueces se han ensañado con ellos porque necesitaban un culpable con el que justificar su negligencia ante Vos. Aún debéis nombrar a vuestro representante en Judea. Además…

-¿Además?

-Creo que sería un monumental error condenar a muerte a uno de los hombres más estimados por los judíos.

-Que sea rico y alabado no me extraña, pero rico y querido… eso ya es más difícil de encontrar.

-Pues así son las cosas.

Mientras se incorporaba con lentitud, intentando no marearse, Marco Cornelio respondió:

-Tienes razón, Cayo, debo formar mi propio juicio, y no dejarme guiar por oficiales prejuiciosos. A fin de cuentas, soy el prefecto del territorio en nombre de Roma –aseguró mientras levantaba el brazo en dirección hacia el invisible aura del Imperio.

Su segundo le ayudó a bajar al Pretorio y le situó tras unas cortinas, justo detrás del tribunal, desde donde podía observar a los acusados sin ser visto por ellos:

-Primero miró al hombre. Poco más de treinta años, fibroso, pelo oscuro, casi negro, que contrastaba con la melena rubia que adornaba a su madre. La voz del joven era varonil pero enervada por la ira. "El que se enfada pierde", pensó el militar. Uno tiene derecho a enfadarse si pretenden crucificarle pero aquella furia sólo conseguía exasperar al Tribunal. Observó a sus miembros: todos ellos cumplían los usos de la justicia romana con el mayor esmero y dedicación: exhibían una expresión avinagrada, tan necesaria para ordenar la muerte de un hombre con total legitimidad y siempre deseosos de acelerar los trámites aunque cumpliéndolos todos, para no incurrir en falta alguna. Una vez más, en materia de justicia, el rigor era más importante que la verdad y la legalidad más que la justicia. Lo importante era que no te cogieran en un fallo de procedimiento, aunque tu justicia fuera una farsa.

Agripa observó luego a la madre y se asombró del contraste. Una mujer que no alcanzaría los cincuenta y que, en medio de su dolor, no perdía la serenidad. No alcanzaría los 50 años. Parecía haber en ella algo que le sorprendió: dolor afrontado con dignidad. Cornelio comprendió en seguida que en ella había algo más que resignación ante la tragedia, una singular confianza en el triunfo de la justicia más allá de la voluntad del hombre.   

-Entonces, Cayo, ya han sido juzgados.

-Sí, lo que estáis contemplando es la segunda vista, que parece llevarnos a la ratificación del fallo primero. Lleváis una semana perdido en las sombras.

-Juzgados y condenados.

-Me temo que estaban condenados antes de empezar el juicio.

El laureado militar no necesitaba más información y sabía que debía actuar con celeridad. Cornelio, que no vestía sino una túnica sin manto, salió de su escondite y todo la sala, público incluido, enmudeció. Llegado al proscenio, miró a los ojos de los protagonistas. El semblante de la condenada Isabel, madre del condenado Bartimeo, se lo había dicho todo y sabía lo que tenía que hacer. El tribunal se puso en pie mientras la guardia saludaba a su superior. Cornelio nunca necesitó sus enseñas de mando para imponer su autoridad. Señaló con el dedo al condenado:

-Escucha, Bartimeo: tu ominoso plan para terminar con mi augusta persona ha fracasado: ¡Aquí estoy! Lo cual era una verdad de lo más constatable. Un murmullo de desaliento surgió de la multitud judía presente, contenida por los soldados, pues Bartimeo era hombre más que conocido en la comunidad y la vista había despertado el interés del todo Jerusalén; ricos y pobres, fuertes y débiles.

-…y tu espantoso crimen no ha de quedar impune. No arriesgaste tu vida para impedir que mi verdugo entrara en tu propiedad y perpetrara su felonía. Una lamentable falta de reflejos por la que debes ser severamente castigado. Este tribunal te ha condenado y yo confirmo tu culpabilidad para que nadie ose, jamás, retar la autoridad de Roma.

El murmullo de desaprobación crecía y, de forma instintiva, Cayo Nubio su mano derecha al pomo de su espada.

-Ello no obstante, es privilegio del prefecto de toda la Siria y gobernador de Judea, es decir, yo mismo, aplicar la pena que corresponde a tan nefando delito.

Alargó aún más el brazo y mientras señalaba con el dedo índice hacia un Bartimeo atónito, determinó:

-Te condeno al pago de 10 metretas de tu mejor vino, así como de 100 panes. Y recuerda, Bartimeo, que soy campesino e hijo de campesino. Si tu vino no me convence, deberás repetir el envío.

Bartimeo nada respondió porque no lograba juntar sus labios, paralizados por la sorpresa. Andaba pasmado, sólo un punto menos que los miembros de aquel tribunal estupefacto y desautorizado.

Además, Marco Cornelio Agripa no les dio tiempo a reaccionar. Se volvió hacia la madre de Bartimeo y de nuevo utilizó el índice como espada:

-En cuanto a ti, perfidísima mujer, eres culpable de haber faltado a tu deber: detener con tus propias manos al arquero que disparaba contra mi persona, que es augusta, como creo haber mencionado. Por tanto te condeno a traer a este templo de la justicia, media docena de carneros, perfectamente guisados, y con calidad suficiente para ser consumidos por la guarnición de esta fortaleza. Guisados y aderezados, por supuesto.

-En cuanto a vuestros sirvientes, no serán condenados a penas de servidumbre… entre otras cosas porque deberán ayudaros a satisfacer la sanción. Quiero todo lo solicitado para antes de la caída del sol. Tomen sus personas y márchense. Pero el pan, el vino y la carne los quiero aquí antes de la puesta de Sol.

La multitud prorrumpió en hurras a Publio Cornelio lo que fue aprovechado por el alabado para dirigirse a Isabel y a su hijo Bartimeo en un susurro:

-Comprended, señora –advirtió dirigiéndose a la madre-, que soy un militar de no muy alta soldada que necesita corromperse para sobrevivir. Así, gracias a vuestra hacienda, seré aclamado por la guarnición como un jefe generoso y sensato.

Isabel respondió:

-No sé si sois un general corrupto pero sí un hombre justo. Además, los corruptos esconden sus corruptelas: Vos las habéis proclamado ante los vuestros y los nuestros.

Luego se postró hacia Cornelio Agripa, lo que provocó la repulsión de los sacerdotes que aún quedaban en el patio y que observaban la escena desde una descontaminada posición. Si hubiesen oído lo que decía aquella viuda aún hubiesen temblado mucho más:

-Y esta condenada quisiera tener el honor de invitar a su excelencia a honrar mi casa esta noche.

Su hijo Bartimeo, al escuchar aquello, pegó un brinco. Una cosa es agradecer la revocación de una sentencia injusta y otro invitar a un gentil a su hogar. Aquello podía acarrearle el repudio de medio Jerusalén. Las clases dirigentes iban a estallar: Caramba, bien estaba que le hubiera salvado la vida pero invitar a un pagano, a un dominador del pueblo elegido, a su propia casa les acarrearía impureza legal por una larga temporada. Estaba claro que aquella confraternización con el enemigo demostraba las sospechas que recaían sobre la viuda Isabel: pertenecía a la repugnante secta de los nazarenos, los herederos de aquel galileo apestoso que había subvertido la ley de Moisés.

Cornelio volvió la mirada hacia Cayo Nubio, quien parecía disfrutar con la escena. Luego replicó:

-¿Y a qué manjares podréis invitarme si acabo de vaciaros la despensa?

-Algo encontraré –repuso Isabel.

-¿Así me pagáis que os haya  utilizado como a una sierva a quien se puede expoliar su patrimonio?

-Alguien, de quien esta noche os hablaré,  pronunció estas palabras: "quien quiera ser grande entre vosotros sea vuestro servidor". Nuestros modos, no son los modos del Imperio.

-¿Nuestros?

-Ya le contaré, Excelencia. Necesito expresarle la gratitud de mi hijo, y la mía por…

-¿Mi clemencia?

-Y por vuestra justicia.

Eulogio López

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