La Eucaristía de las familias se ha convertido en la reivindicación católica en una España donde los católicos olemos mal, aún más por la tibieza de los peperos que por las andanzas de los tragafrailes socialistas.

La familia no necesita apología. Le basta con ser el refugio de todos cuando vienen mal dadas. Todo gallito que dedica parte de su tiempo a mofarse de la familia acude a ella cuando se le destroza el empleo, la economía, la vida… o la familia.

Pero como no necesita apología, la apología es sencilla, y a mí me gusta lo sencillo, en particular plagio a Chesterton, especialista en poner en solfa las alternativas a la familia.

De entrada, defendemos una institución que tiene su origen biológico y psicológico en el amor, o donación mutua de un hombre y una mujer, que se entregan mutuamente hasta convertirse en "una sola carne". Y esto es curioso, porque nunca ha visto la humanidad, a priori, una fusión más condenada al fracaso, al establecerse entre los dos seres más distintos y encontrados que puedan darse en la naturaleza: el hombre y la mujer. Chesterton aseguraba que si los americanos se divorciaban por incompatibilidad de caracteres no entendía por qué no estaban todos divorciados, porque nada hay menos compatible que un varón y una fémina. La solución es que, cuanto más incompatibles, más complementarios.

Estamos hablando de amor. Pero la alternativa que se opone a la progresía es el amor libre, "una contradicción en dos palabras, porque la naturaleza del amor es atarse a sí mismo y la institución del amor no hace otra cosa que respetar la decisión de dos personas libres, tomando en serio su palabra. Prometerse y dejar al mismo tiempo una escapatoria, una posibilidad de retirada, nos parece un engaño".

Son palabras de Chesterton quien, 100 años atrás, ya hablaba de la progresía y del Nuevo Orden Mundial (NOM), entonces calificada de modernidad, y de su modelo antifamiliar: "La modernidad le otorga al amor todas las libertades menos la única que desea: la de ofrecer su libertad". Es decir, la libertad de comprometerse.

Y claro que el proyecto de una sola carne de por vida es exigente. Ahora bien, la solución no puede ser esa especie de divorcio insoluble e indisoluble que pretende la progresía porque los "problemas de una familia no se disuelven cuando se disuelve la familia: más bien se agrandan".

A fin de cuentas, lo que Benedicto XVI (en la imagen) enseñará desde Roma el próximo domingo, y lo que el cardenal Antonio María Rouco remachará desde la madrileña plaza de Colón, es algo tan viejo como la Iglesia pero que, como la Iglesia, continúa funcionando: el amor no es un sentimiento, sino un hecho volitivo, racional y libre: "los sentimentales -es decir, los progres- están en su derecho de tener los sentimientos que quieran, pero, por favor, no deben confundir una emoción con una institución".

Eulogio López

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