Ya lo decía: este es el peligro. No las palabras del Papa Francisco, sino la utilización y manipulación de su espléndido mensaje cristiano.

El peligro se llama, por ejemplo, Leonardo Boff (en la imagen), un teólogo progre, tan progre que identifica a Francisco con el medioambiente. Sí, el Santo de Asís, resulta que nació verde y murió ecologista, la condición más amada por los hombres del siglo XIII. Palabra de Leonardo.

Boff no es un peligro, es un bufón deslenguado de la Iglesia. La Iglesia no necesita bufones porque la bufonería no deja de ser una sonrisa forzada, una mueca de la alegría y un vómito de la esperanza. El cristiano es alegre o no es cristiano, así que no precisa de bufones. Pero los tenemos, porque el sacrificio forja las grandes almas, ¡oh, sí!

Y es, además, un bufón deslenguado y engreído. No se sabe qué Iglesia pretende don Leonardo porque tampoco él lo sabe. Pero ya ha decidido que Su Santidad Francisco (que no Paco, pues ya se me ha enfadado algún lector) debe ser medioambientalista. Esta es la clave.

Más que Boff, que piensa que el Papa Bergoglio es de los suyos, me preocupan los que ya se han dado cuenta que no es de los suyos. Esos son capaces de todo.

Insisto, el NOM está muy cabreado porque el Papa les ha salido rana. Los progres más bobalicones, como Boff, aún creen que es de los suyos, lo cual resulta muy complejo, porque últimamente andamos bastante ayunos acerca de quiénes son los nuestros y quiénes son los otros.

Ejemplo, el Papa Francisco es el Papa de los pobres porque se preocupa por ellos. A Leonardo Boff, y al NOM los pobres les importan un pimiento.

Otrosí: habla el Papa Francisco de proteger la vida y se olvidan de las primeras vidas a proteger: la racional. No proteger al medioambiente, sino al hombre. Y es que lo de menos es el pobre Leonardo Boff. Los peligrosos son "los que sí saben", los falsos doctores, fieras de la tierra, que utilizan el mismo cristianismo contra la cruz de Cristo, un parte del cristianismo contra otra y a Jesús contra su Iglesia", como asegura Leonardo Castellani.

Eulogio López

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