En el camping de El Escorial, en el camping de Los Olivos, en la Alameda de Osuna, en la carretera de Andalucía... en distintos lugares de Madrid malviven varones que tiene algo en común: todos están separados.

No quieren decirlo, porque legalmente sólo pueden permanecer en un camping durante seis meses, pero todos ellos han sido lanzados a la casi-indigencia por resoluciones judiciales que les arrebatan a sus hijos, sus casas y les obligan a pagar pensiones abusivas. Los ayuntamientos de Barcelona y Granada hicieron sendos estudios con el mismo resultado: el 90% de los sin techo eran padres separados. O sea, que hemos creado la figura del padre refugiado y con ellos, los campos de refugiados por motivos conyugales.

La ley contra la violencia de género del Gobierno Zapatero, aprobada con el apoyo del Partido Popular y del resto de formaciones parlamentarias, se ha convertido en un nido de injusticias contra el varón, en especial contra los padres. Las feministas disponen ahora de todo el poder del Estado para masacrar al varón y parte de las mujeres en trance de separación lo aprovechan a gusto. Basta con que la mujer alegue una inexistente violencia de género para que se quede con el patrimonio común, por lo general, el piso, con los niños y, con un poco de suerte, su ex acaba en la trena. Hemos creado el feminazismo, que el siguiente vídeo -dramatizado pero certero- recrea.

Hemos creado una nueva figura de marginado: el divorciado paria. Hemos pasado del varón domado por la sociedad al varón perseguido por el Estado, un aparato policial y un aparato judicial controlados por el feminazismo.

Para los que se atreven a plantarle cara a la injusticia, es cuando el feminismo estatal se revuelve. Son pocos, ciertamente, porque cuando un hombre es expulsado de su hogar sabe lo que le espera. Mi amigo Francisco Zugasti, de la Asociación Projusticia, es un viejo luchador, víctima de la falta de ecuanimidad judicial, que se ha atrevido a enfrentarse al sistema. No hay que hablar de prevaricación (Delito consistente en dictar a sabiendas una resolución injusta una autoridad, un juez o un funcionario) porque, con una ley tan injusta como la de Violencia de Género (a la que ahora se añade la de Igualdad de Trato tras la Ley de igualdad) no hace falta prevaricar para ser injusto: al lobby feminista le basta con cumplir la norma, pero tampoco rechaza la posibilidad de forzar la letra y el sistema procesal para hacer lo que le viene en gana. Y si el agraviado recurre a los tribunales contra una sentencia inicua, el corporativismo judicial-feminista se encarga de masacrar a la víctima, que es el esposo y padre. Zugasti fue apartado de sus hijos y desposeído. Protestó contra la sentencia... y ahora, tras un proceso políticamente correcto, ha sido condenado a dos años y seis meses de cárcel por coacciones a la jueza, a pesar de que su acusadora reconoció que nunca se sintió coaccionada. El caso Zugasti es un aviso para navegantes: si te atreves a denunciar, el Sistema no sólo te arrebatará lo más querido si no que te encarcelará.

Es curioso, todavía no he oído a Mariano Rajoy asegurar que, cuando llegue al poder, derogará esta ley abyecta.

Eulogio López

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