Según el informe Kids TV Report del panel Eurodata TV Worldwide, cuando un chaval cumple doce años ha estado más de un año viendo la televisión. Los retoños (entre 4 y 12 años) se han pasado frente a la pequeña pantalla unas dos horas y cuarenta minutos al día de media. La relación con las pantallas se ha trocado en el principal entretenimiento infantil. Lo que se incorpora por la vista termina en la entelequia y allí mariposea, se mezcla con las imágenes y pasa al subconsciente y queda dentro del corazón.

Para valorar los contenidos de las muchas opciones que nos brinda la pequeña pantalla, los progenitores disponen de muchos medios informativos. Uno de ellos es la revista y la web Contraste, de la Federación de Telespectadores que, dentro del Proyecto de educación audiovisual "Aprender a mirar", oferta a los padres mucho material informativo y actividades de adiestramiento sobre el universo audiovisual: televisión, cine y videojuegos. El cuánto se vigila poniendo límites, creando un horario y salvaguardando unos criterios inmóviles sobre el empleo de los medios audiovisuales.

El momento para visionar la televisión es importante, ya que repercute en el cuánto y en el cómo; sin embargo, nos aventuramos a implantar una situación idónea, solamente, podemos proponer cuándo no conviene ver la pequeña pantalla, por ejemplo: antes de acudir al colegio, porque se llevan las imágenes en la cartera; durante las comidas, porque interrumpe la conversación y antes de marchar a dormir, porque, según las imágenes que vean, pueden retorcer los sueños.

La televisión se ha de visionar en un entorno físico adecuado, pero, lo más importante, es que se encuentre acompañado de adultos. Que los progenitores vean los programas televisivos con sus hijos no sólo es una medida de prevención, sino una actividad instructora: se pueden aprender muchas cosas delante de una pantalla, serán positivas si la actitud de los telespectadores es activa, pues el poder letárgico de la televisión nos estimula a un deleite indiferente.

Los chiquillos no deben visionar la televisión en su dormitorio, sino en una sala de estar común, no sólo para poder vigilar lo que ven, sino también para impedir que conformen un entretenimiento independiente. La pega de dejar a los hijos en solitario ante el televisor es, fundamentalmente, que los abandonamos sin acompañarles. Trocar a la pequeña pantalla en la niñera de los hijos o el salón de la casa en una escuela infantil.

D'Azeglio asevera que "el divino candor de la infancia parece verdaderamente un indicio de que el alma humana deja el seno de los ángeles para descender y tomar nuestra forma. El que lo mancha por vez primera, el que lo envilece con el primer engaño, es un gran culpable".

Clemente Ferrer
[email protected]