Me encanta la canciller Trinidad Jiménez: ¡Qué sencillez, qué gracejo, qué frivolidad!

En la mañana del viernes, en los desayunos de RTVE, nos aclaraba que había estado muy encima de la firma de la incursión de España en el Tratado Antimisiles. Lo cual, no me lo negarán, no está nada mal, considerando que se trata de la ministra de Asuntos Exteriores del Reino de España.

No me gusta la guerra de los misiles. Primero porque es mortífera. Segundo, porque pagan justos por pecadores, esto es, civiles por militares. Lo tercero: la guerra a distancia es una guerra cobarde, donde aquel que posee más capacidad tecnológica aniquila al adversario.

Ejemplo demostrativo de los anteriores asertos: la guerra de Afganistán. El viernes 7, festividad de Nuestra Señora del Rosario y de la batalla de Lepanto, se cumplen diez años desde que el presidente George Bush lanzara la operación Libertad Duradera, cuando aún no había pasado un mes desde los salvajes atentados del 11-M. Masacrados desde el aire, el Gobierno talibán se derrumbó pero no así su régimen y su repugnante cosmovisión. Cuando los soldados de la OTAN entraron por tierra comprobaron que no se puede cambiar un país sin cambiar su sociedad y también comprendieron que la guerra no se puede ganar desde el aire y que, contra el terrorismo -en Hispanidad llevamos 10 años repitiéndolo-, no se puede vencer con ejércitos sino con inteligencia y con policías.

La guerra de Afganistán será todo lo legal que se quiera y la de Irak todo lo ilegal que se pretenda, pero ambas han resultado un fracaso. Los 140.000 soldados de la OTAN que aún combaten allí, entre ellos 2.500 españoles, no han conseguido civilizar un pueblo que vive del fanatismo islámico y de la violencia continua. No han logrado, en suma, que se respeten los derechos humanos. Y encima, ahora viven a la defensiva. Ellos no tienen la culpa, por supuesto, sino los políticos.

Es más, han unido a los fanáticos contra el invasor. Iraq es un polvorín a punto de estallar y Afganistán es un polvorín que ya ha estallado y que ha contaminado de brutalidad al vecino Paquistán, un peligro nuclear para el mundo libre -es decir, para el Occidente cristiano- de más enjundia aún que el de los chalados ayatolás de Irán. En resumen, los misiles occidentales no han podido contra las armas ligeras -las más mortíferas, de las que España es un triste exportador al Tercer Mundo- de los talibanes. Occidente ha perdido la guerra de Afganistán.

Asegurar la defensa de España no depende de un escudo anti-misiles -que siempre será un ariete pro-misil-, porque la guerra desde el aire nunca vence a la infantería, que es la que gana todos los conflictos.

Si España quiere resucitar su patriotismo -que no es mala cosa, oiga usted- mejor haría invirtiendo en resucitar la conscripción (no fue el PSOE quien acabó con el servicio militar obligatorio, que conste) sino el PP de Aznar- en lugar de ceder la Base de Rota para el escudo antimisiles.

Nuestra querida Trini asegura que la inclusión de España en ese escudo va a crear muchos puestos de trabajo en la zona -supongo que de camareros de la base-, amén de la trasferencia de tecnología. No, señora ministra: lo único que se trasfiere a Rota son los regidores de esos misiles, porque la tecnología consiste en saber fabricar, no en manejar ni en ayudar a quien los maneja.

España es un país económicamente intervenido, no me agrada que, además, se convierta en un país militarmente intervenido.

Eulogio López

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