Obama (en la imagen) lleva cuatro jefes del Pentágono en seis años de Presidencia con una variedad encomiable: de uno a otro va de mal en peor. Es muy propio de los pacifistas la desconfianza hacia los militares, como si la violencia la generaran las armas y no quien las porta. Por eso, Obama prefiere apoyarse en su consejera de seguridad Susan Rice, responsable de tocarle las narices a los militares norteamericanos.

Obama destronó a un Bush que había cometido la barbaridad de una guerra de Irak, tan sangrienta como idiota. Pero en lugar de reparar los errores de su antecesor, decidió utilizarlo políticamente. Por eso, ahora, saca a la luz un documento sobre las torturas provocadas por su antecesor contra los sospechosos del 11-S. Y con eso probablemente conseguirá ganar una batalla política… a costa desviar la atención sobre su ineficiencia con el 'problema árabe'.
Obama ha generado una guerra general en el mundo musulmán: se llama primavera árabe

El pacifista Obama decidió que lo mejor era retirar las tropas que nunca debían haber entrado, ciertamente. En definitiva, dejó un Irak destrozado, que la justicia exigía rehacer, y que la venganza llenó con rencor a Occidente.

Luego, como buen pacifista, es decir, patético, Obama lanzó la primavera árabe en la que, para combatir el fundamentalismo islámico, les dio el poder a los fundamentalistas. Astuto que es el chico.

Es sencillo separar a los buenos de los malos en un mundo como el musulmán, marcado por el rigorismo externo y la superficialidad interna de la teología musulmana. La diferencia la marca el respeto a la libertad religiosa. Aquel país, régimen o líder político que respeta la libertad religiosa, en concreto de los cristianos, merece la confianza de Occidente. Y el que no, no merece confianza alguna.

Sólo que Obama, como buen occidental progre, no sabe distinguir entre buenos y malos porque no cree en el bien y el mal.

Pues bien, Obama acertó en todo y apoyó a los musulmanes malos contra los musulmanes buenos, o al menos salvables. Y así, se revolvió contra Bashar Al Assad, que no era un angelito pero respetaba, más menos, la libertad de los cristianos. Estados Unidos apoyó a los rebeldes al régimen sirio, que, junto a los derrotados de Sadam Husein, y todos ellos financiados por las monarquías sunitas del Golfo, han creado el Estado islámico. Eres genial Barack.

También descabalgó, con el apoyo de Europa, a Gadafi, y entregó Libia a los islámicos más salvajes que, naturalmente, se han aliado con el EI.

Algo parecido sucedió en Egipto, que ahora sería otro reino de la Sharia si un militar egipcio, que sí conoce la crueldad filantrópica de los Hermanos Musulmanes, no hubiera dado un golpe de Estado y metido entre rejas a los líderes integristas. 

Y así llegamos al momento actual. El presidente norteamericano ha conseguido una guerra general en todo el mundo árabe, entre sunitas y chiítas. Los primeros, arracimados bajo el nuevo poder emergente, que es el precitado Estado islámico. Pero no se crean, no por ello Obama apoya a los chiítas. Todo lo contario, Obama, astuto él, es a los primeros a los que combate.

Ahora mismo, Obama debería estar apoyando de hoz y coz a Bashar Al Assad, a los kurdos y a los chiítas, doblegando al apestoso Erdogan, y firmando cuanto antes la paz con los ayatolás. Al tiempo, pararle los pies a los pérsicos de Arabia y Qatar que tienen comprado a Occidente. Los repugnantes multimillonarios sunitas más recalcitrantes, y combatiendo al Estado islámico hasta anularlos.

Un gran presidente.

Eulogio López

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