El presidente del Consejo Europeo, Van Rompuy, el presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, y el presidente del Parlamento Europeo, Martín Schulz (en la imagen) esperaban ilusionados la concesión del Nobel de la Paz a la Unión Europea.

No le viene mal en el momento en que una unidad supranacional como la UE camina a la deriva por haber olvidado sus principios cristianos. Ahora no hablamos de una Europa cristiana, sino de una Europa, un poco corrupta, ferozmente egoísta y que confunde paz con inacción y respeto con indolencia. Una Europa que ya no defiende, sino que ataca, los tres derechos fundamentales: vida, libertad y propiedad. La vida, porque Europa se ha convertido en abanderada del aborto, el crimen más cobarde, Libertad, porque la intromisión de lo grande (Estado y mercados, principalmente sobre lo pequeño -familias y profesionales- asfixia la libertad). Y propiedad porque toda la crisis económica ha llegado al primar el rentista sobre el producto, sea empresario o sindicato.

Decía Juan Pablo II que no hay paz sin justicia y no hay justicia sin perdón (y no hay perdón sin arrepentimiento, porque el perdón, como el amor, es cosa de dos). Pues bien, el proyecto de la Unión Europea ciertamente ha servido para que países que llevaban siglos enfrascados en guerras ahora no se lancen bombas unos a otros. Ahora bien, la Unión Europea se aleja de la paz porque se ha alejado de la justicia, y se aleja de la justicia porque niega el arrepentimiento. Y sin arrepentimiento no hay cambio, y sin cambios no hay mejora.

En cualquier caso, los eurócratas Durao, Rompuy y Schulz disfrutarán mucho con el premio. De eso estoy seguro.

Eulogio López

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