(Juan 17, 11-19)

Maru Riestra era conocida en todas las españas. Bueno, en la única existente pero, en toda ella, era archifamosa. Conocida como reina de la telebasura, ciertamente, pero el alcance de su fama ensombrecía a muchos miembros del Gobierno, por no decir a todos. Presentaba uno de los programas con mayor índice de audiencia, un 'reality-show', o telerrealidad, reconocido como la mejor perturbación de la realidad.

Un espacio memorable, líder en su franja horaria, en la que una manada de oligofrénicos exhibía su cuerpo, que ya es grave, pero, sobre todo, su alma, ante los telespectadores más tediosamente morbosos del país. Sus cuerpos no estaban muy arropados pero sus almas aún andaba peor de avituallamiento. Por eso resultaban tan fáciles de moldear.

Eran verdaderas marionetas en manos de Maru, experta manipuladora de la corteza sentimental de la mayoría, moldeadora de mentes y corazones, de las que se repiten a sí mismas la excusa universal resumida en la vieja leyenda: "Nadie me ha regalado nada".

En el mundo de Maru Riestra tan sólo había una referencia cristiana: su madre, habitante de un mundo anterior que nuestra líder había dado por clausurado. Y resultó que, aquel domingo, la anciana señora, reclame del dolor de riñones, necesitaba ayuda para asistir a misa, prácticamente su única salida de la semana. Y, miren por dónde, le tocó en suerte a Miriam acompañarle. Ni la ecuatoriana que le atendía ni su hermano podían hacerlo. Así que Maru, precisamente ella, quien tantas cuentas pendientes tenía con el clero, y alguna que otra con su jefe supremo, tuvo que entrar, con su madre del brazo, en aquel templo. Un considerable esfuerzo y un claro atentado contra su papel de creadora de opinión pública.

La entrada resultó gloriosa. Su madre se persignó –no podía hincar la rodilla en tierra- mientras nuestra heroína intentaba poner de manifiesto todos los fieles presentes que ella nada tenía que ver con aquel bochornoso espectáculo de su progenitora ni con el ambiente circundante. La Reina del espectáculo se mostraba ajena al espectáculo de los adoradores de un crucifijo. Bueno, ella no sabía que no adoraban al crucifijo sino al trozo de pan introducido en el Sagrario. De haberlo sabido, aún se habría escandalizado más.

Comenzó la Eucaristía y Maru controlaba sus movimientos, vital para una presentadora. El problema llegó con la lectura del Evangelio, cuando todos los presentes se incorporaron. A Maru le entró el miedo escénico y se incorporó también, aunque lo hizo con visible desgana, dejando claro que aquello constituía un atentado contra su libertad y mirando al oficiante con una expresión que decía: "Seguro que tienes un pasado pederasta".

-Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en él y yo vuelvo a ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a aquéllos que me has dado para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos yo lo guardaba en tu nombre. He guardado a los que me diste y ninguno de ellos se ha perdido, salvo el Hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura.

A Maru no le agradó aquel paternalismo con un ramalazo machista. Ella no necesitaba la protección de nadie. Era una mujer independiente a la que, como creo haber dicho antes, nadie había regalado nada. Además, aquella sibilina   excepción, "salvo el que debía perderse", le sonaba a alusión personal y la cosa le molestó.

-…Yo les comuniqué tu palabra y el mundo les odió porque ellos no son del mundo como tampoco yo soy del mundo.

-Desde luego que no -pensó Maru. Si lo sabría ella, que había conquistado el mundo y se consideraba una pieza clave del mismo.

-…No te pido que los saques del mundo sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad: tu palabra es la verdad.

A Maru ya no le cabía duda, que es lo que les suele ocurrir a los que enaltecen la duda. Son los mismos que dudan de todo menos de su propio juicio. Para Maru estaba claro: la Iglesia habla del mundo sin saber de qué habla.

Pero el cura no callaba:

-Conságralos en la verdad. Tu palabra es la verdad.

No podía faltar el dogmatismo romano. Maru recordaba haber oído esa expresión a uno de sus invitados: dogmatismo romano. Se la atribuyó: resultaba más que apropiada. Pilatos tenía razón. A fin de cuentas ¿Qué es la verdad?

-Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad.

Aquel final le sonó a secta. Precisamente, en su canal habían emitido un reportaje de investigación sobre las sectas y Maru, aunque no había participado en la realización se había convertido en una especialista en la materia. Además, ¿consagrados o adictos?, se preguntó, en un alarde pensamiento televisivo, fugaz, brillantes, definitivo.

Pocos segundos después todos los presentes se habían sentado y Maru se preparó para oír el sermón aunque sin el menor asomo de escucharlo. Luego pensó que sí: a fin de cuentas, podría encontrar material denunciable para su telerrealidad.

Pero antes de que el oficiante comenzara a impartir doctrina sucedió aquello. Fue como un trompetazo:

-Tú también tienes que salir del mundo.

Maru pegó un brinco. Miró a su alrededor pero sólo encontró a su madre y a unos indolentes feligreses, pendientes de las palabra del charlatán, muy probablemente un cura pederasta.

-Sí, tú, estrella de la televisión, debes salir del mundo –repitió la trompeta, y el susto segundo no resultó menor que el primero.

Y sin darse cuenta, Maru entró al capote:

-Yo estoy muy a gusto en el mundo, en mi trabajo y en mi vida: yo he triunfado en el mundo

Pero la trompeta era impertinente:

halaga tu vanidad pero te resulta agotador. No posees el mundo, es el mundo quien te posee, quien te esclaviza pero no te ama. Debes consagrarte a la verdad.

Maru volvió a mirar en derredor pero enseguida censuró sus movimientos: el templo estaba lleno y temía que le tomaran por loca. Y aún más, temía estar volviéndose loca, esquizofrénica.

-¿Quién eres? –preguntó dirigiéndose a aquella estentórea voz interior.

-Puedes llamarme Jesús o puedes llamarme tu conciencia. No somos los mismos pero ahora estamos emitiendo por el mismo canal.

-Pues percibo interferencias –respondió, envalentonada, aquella mujer del mundo.

-No tienes por qué ser esclava del mundo.

-Yo soy de quien quiero –aseguró retadora, mientras se daba cuenta de que, por vez primera en su vida, estaba hablando sin abrir los labios.

-Ojala´-respondieron, al unísono, Dios y su conciencia-, pero no eres sino esclava de tu vanidad y de quien utilizan tu cuerpo y tu alma en su beneficio.

-Yo también utilizo al mundo –se rebeló Maru, mientras caía en la cuenta de que no le era permitido repetir esas palabras en una entrevista para la prensa rosa ni ante las cámaras.

-Es verdad –explicó aquella voz osada-: se trata de una utilización mutua,  y tan falsa, que siempre te deja un poso de amargura, ese pozo en el que vives. Conságrate a la verdad.

-¡Y eso qué significa? ¿Qué eche por tierra todo lo que tanto me ha costado conseguir?

-Si fuera necesario, ¿por qué no?

Maru miró a su alrededor y vio que todo el mundo se levantaba mientras el oficiante recitaba:

-Creo en Dios Padre, todopoderoso…

"Salvada por la campana", pensó. No volvió a oír la voz impertinente. Aguantó como pudo la ceremonia e, intentando pasar inadvertida, y respiró hondo cuando salió del templo. Aunque no muy hondo, pues estaba seguro de que la trompeta volvería a sonar.

Ya en la calle, se volvió al réclame del dolor de riñones, quien se sujetaba a su brazo y le advirtió:

-El próximo domingo volveré para llevarte a misa.

Y la anciana le miró con extrañeza.

Eulogio López

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