El número de mujeres fallecidas por percances relacionados con el aborto, ejecutado en entorno peligro o clandestino, es de 68.000 en todo el universo, según la evaluación que hace la Organización Mundial de la Salud en su investigación sobre Global Burden of Disease La distribución mundial de las enfermedades.

 

Esta valoración constituye el 0,2% de la mortandad femenina. Si se añaden a la lacra del aborto otras razones de defunción ligadas a la maternidad como, por ejemplo, hemofilias, hipertensión originada por el embarazo y nacimientos con problemas, el fallecimiento de mujeres se elevarían a 527.000 cada año, lo que equivale al 1,9% del número total de embarazos.

De las agonías mortales atribuidas al aborto, unas 68.000, más de la mitad se producen en África, alrededor de 36.000. En el Sudeste Asiático más de 21.000; el resto se distribuyen entre los países hispanoamericanos, unas 2.000; Mediterráneo Oriental alrededor de 7.000 y el Pacífico Occidental unas 2.000 defunciones.

Según el estudio, las cifras de la OMS, parecen haber bajado en relación con la tendencia que hace unos años, hasta los 250.000, fueron los decesos por los patéticos métodos abortivos.

La OMS asevera que estas defunciones son eludibles a través de unos remedios sencillos que servirían para disminuir los fallecimientos: inyecciones de oxitocina tras el nacimiento, administración de antibióticos y una buena atención médica, durante el parto. Sólo las dos terceras partes de las jóvenes que alumbran a sus hijos, en los países subdesarrollados, tienen facultativos especializados que las puedan atender durante el parto.

Sin embargo, el informe hace hincapié en que las medidas más urgentes que se deben tomar son: convertir los abortos inseguros en la prioridad de la sanidad pública y administrar cuidados prenatales para mejorar la salud de la madre y la del hijo recién nacido.

El niño por nacer es un ser humano a partir de la concepción, y su vida debe ser respetada. Esa vida fue redimida por Cristo, esa vida es un regalo de Dios, afirma el teólogo suizo, Karl Barth.

Clemente Ferrer

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