Cuando el fracasado Tratado Constitucional para la nueva Unión Europea, Juan Pablo II publicó el exhortación apostólica Ecclesia in Europa (28 de junio de 2003), que me temo no han leído ni Nicolás Sarkozy ni doña Angela Merkel.

En ella, el pensador polaco recordaba que Europa necesitaba, mucho más que una moneda única, un aliento: "La necesidad más urgente a la que se enfrenta Europa, tanto en el este como en el oeste es una necesidad creciente de esperanza, una esperanza que nos permita dar sentido a la vida y a la historia y continuar juntos el camino". Juntos, y no como acaba de promover Francia, una Europa de dos velocidades, precioso eufemismo que significa una Europa de ricos y otra de pobres.

De inmediato -en la mañana del jueves 10 de noviembre- Angela Merkel ha aclarado que no. Alemania quiere un euro unido, eso sí, bajo el control de Berlín.

Y es que, añadía Wojtyla, el europeo siente "temor al futuro" y un "vacío interior que atenaza a mucha gente", lo que le lleva a un "egoísmo que hace que los individuos y los grupos se encierren en sí mismos".

La palabra 'egoísmo' es la que rige en la Europa de los 27. Merkel prepara su IV Reich: ya ha tumbado gobiernos en Irlanda, Portugal y ha colocado a Papademos -no confundir con 'Habemus Papam'-, un tecnócrata procedente del Banco Central Europeo con un sola receta: el control fiscal. Buena receta, pero insuficiente.

Mientras el presupuesto común de la UE continúa estancado en 140.000 millones de euros. Es decir una nimiedad. Sin embargo nos hablan de fondos de rescates, es decir, avales, no dinero, que algunos pretenden elevar hasta el billón de euros.

Europa no se convertirá en los Estados Unidos de Europa mientras no aumente el presupuesto y no establezcan quitas a la deuda. Es decir, mientras no se camine hacia una UE unida y solidaria sino a una Europa hecha a imagen de los intereses alemanes.

Europa no necesita un euro: necesita un alma.

Eulogio López

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