"No son forasteros, sino hermanos y feligreses". Lo ha dicho el cardenal Rouco, y merece la pena dejarlo claro. Y añado yo: y lo son aun cuando alguno no se comporte como tal.El próximo domingo la Iglesia celebra el Día de las Migraciones. No está nada mal, oiga, porque de este modo podremos aclara qué dice la doctrina católica al respecto y el Magisterio de la Iglesia.
Empezando por el final, la doctrina de la Iglesia Católica es la más abierta del mundo al inmigrante –y al por tanto, al emigrante. Claro está-. Juan Pablo II fue quien habló –para el Jubileo del año 2000- de fronteras abiertas. Y en su momento, y también ahora mismo, resultó chocante, radical, extremista, inadmisible, pero lo cierto es que sus fronteras abiertas han sido lo normal en la historia y la excepción queda para las puertas cerradas.
Y todo ello, y aquí puede venir la confusión, a costa de dos detalles. El primero: toda migración es, de suyo, mala. Lo ideal es que nadie necesite emigrar, porque eso supondrá que a nadie le persiguen en su país de origen y que puede llevar una vida digna junto a los suyos. Además, la migración suele consistir en una exportación de talento joven, de aquellos que han renunciado a levantar su país y huyen a otro.
Pero eso no es óbice para que sean bien recibidos, entre otras cosas porque no vienen de vacaciones: vienen a aportar algo.
En segundo lugar, las palabras del obispo Rouco, al igual que el sentido de la fiesta eclesial del domingo, no renuncian a la exigencia al inmigrante de respetar los usos del país que le acoge. Porque, en efecto, es un acogido. No basta con respetar la legalidad –sólo faltaba-, hay que respetar también al receptor.
Ahora bien, cerrar las fronteras o no abrir los brazos al inmigrante... pues miren ustedes, no es católico, aunque muchos católicos lo defiendan.
Por lo demás, ¿quién dijo que el cristianismo era fácil? ¿O ya no nos acordamos del 'Sed perfectos como Vuestro padre Celestial es perfecto'?
Eulogio López
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