En un mundo con millones de hambrientos, que alguien, precisamente agricultores, destrocen camiones cargados con melocotones es un crimen, no contra los melocotones, sino contra la humanidad. Y naturalmente, el Gobierno Hollande mira para otro lado y España no levanta la voz, al menos desde que Loyola de Palacio dejó el Ministerio de Agricultura. Es algo parecido a lo que ocurre con los accidentes de tráfico: no se persigue al culpable, salvo casos graves, porque todo se arregla con dinero: paga el seguro y a correr.

Pero lo mejor, o sea, lo peor, son los argumentos de los bárbaros galos -nada que ver con el simpático Asterix- tras su salvajada.

Vienen a decir lo siguiente: destrozamos camiones y cargos por dos razones:

1. Corremos el riesgo de que el melocotón español cope los mercados belga y alemán. Son de mejor calidad que los franceses y a mejor precio.

2. No es posible que los españoles consigan vender a esos precios: hay trampa. Así que le prendo fuego a su producto o lo tiro en la cuneta.

Esos silogismos a la francesa demuestran que el objetivo de una producción no es el bien común (proporcionar mejores producto y más baratos).

Además, la Política Agraria Común (PAC) que beneficia antes que nada a los franceses, no se puede hablar de libre competencia en el agro europeo; parece una broma de mal gusto. Si los agricultores franceses quieren acabar con la injusticia en la agricultura mundial lo que tienen que hacer es promover el fin de la PAC. Pero eso no quieren, claro, porque ellos son los principales beneficiaros, los creadores mismos de la PAC, una política tan inmoral que produce hambre en, por ejemplo, África.

Y todo esto ocurre en Europa, no en África ni en el extremo Oriente. Silogismos a la francesa.

Eulogio López

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