Dice Cristóbal Montoro que un ministro de Hacienda que no es odiado es un mal ministro. Discrepo. Entre otras cosas porque un ministro de Hacienda no sólo debe preocuparse de aumentar los ingresos –es decir, los impuestos- sino de reducir los gastos.

Y es cierto que Cristóbal Montoro va camino de conseguir la consolidación fiscal, pero a costa de subir los impuestos, que es el camino fácil, más que de reducir los gastos, sobre todo el gasto mayor de todos: el adelgazamiento del Estado y el pase al sector privado de un tanto por ciento, seguramente considerable, de la vida política.

En cualquier caso, lo que sí es cierto es que a Montoro le ha tocado bailar con la más fea. Y empieza a cansarse de ser él, él solito, quien se enfrente a sus propios compañeros de Gabinete –por ejemplo a José Manuel Soria-, a la oposición, a los empresarios y siga usted contando. Es el malo de la película y se ha quejado a Rajoy.    

Es más, ahora critica a Luis de Guindos por un rescate bancario del que ya dejó claro que no era partidario. Y en algo tiene razón: con el único que ha sido generoso el Gobierno Rajoy ha sido con los bancos.

Al fondo, la pretensión a la que aspiraba Montoro cuando el PP accedió a La Moncloa: la de ser vicepresidente económico del Gobierno. No lo consiguió a pesar de que es él quien lleva el peso en las Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos económicos que, al decir de un secretario de Estado, parecen ser dirigidas por Montoro por encima de la vicepresidenta Soraya.  Sobre todo, porque sabe más de economía que ella, claro está. El resumen de ese miembro de la Comisión de los jueves es el siguiente: "Mariano pregunta, Cristobal responde y Soraya toma notas para contarlo a la prensa". Y encima, en ausencia de Rajoy preside Soraya.

Vamos que Rajoy no tiene muy contento a su titular de Hacienda.

Eulogio López

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