Se suponía que al no pasar nada el 21 de diciembre, al igual que el 12, las bofetadas a los mayas en la cara de los católicos iban a desaparecer. Pero miren ustedes por dónde, no. Resulta que todos los cristófobos se han engolosinado con la cosa del fin del mundo y no dejan de decir que no, que el fin del mundo no va a llegar mañana. Curioso: no creen en Cristo, cuyo nacimiento celebramos hoy, pero se obsesionan con su Segunda Venida, mucho más que cualquier cristiano. Por ejemplo, el inefable Javier Herrero Brasas, cristófobo profesional y que, como su mismo nombre indica, es utilizado por Pedro J. Ramírez para darnos la brasa en Navidad. Dedica toda una página a la "Navidad bajo la lupa de la ciencia". Antetítulo: "El estudio científico de la religión es un campo cada vez más amplio que se refleja en investigaciones sobre la actividad cerebral de los creyentes y el análisis de la Fe desde un punto de vista evolutivo".

Se lo traduzco: si crees en la encarnación del Verbo es que estás de la cabeza. Momento en que entra en acción la neurología, que antes se conformaba con el sistema nervioso y ahora se dedica al alma neuronal, donde los científicos tienen todas las tonterías que decir, porque puede que entienda lo de neuronal pero no lo de alma, y ahí ya entramos en el proceloso mundo de la neuroteología.

Naturalmente, la susodicha neuroteología entiende la Navidad desde un punto de vista evolutivo, por más que la evolución resulte una teoría, no una ley científica. En plata, que no es ciencia, sino materia mucho más especulativa que la teología.

Pero al común de los mortales, incluidos los científicos, la neuroteología les trae al pairo. Los hay que celebran la Navidad según el tradicional y reaccionario método de cantar villancicos al Dios Creador de la ciencia, que no de la neuroteología, al Dios que se encarna, es decir, que sin perder su espíritu se hace carne, es decir, materia. Y la materia sí puede ser analizada por la ciencia.

Y les interesa aún más, tanto a creyentes como a no creyentes, si esto, es decir, el mundo, se va a acabar. Pero no encontrarán la respuesta en la ciencia. El mundo se acabará cuando la corrupción del hombre, es decir, el pecado, haya rebasado el vaso de la clemencia de Dios. ¿Y cuándo ocurrirá eso? Cuando un "exceso" de corrupción active la justicia de Dios. Esa frontera no la marca la obra del Creador sino la libertad de la criatura. Justo en ese momento se acabará el mundo. En palabras de Santa Faustina Kowalska, cuando termine el tiempo de la misericordia divina y llegue el de la justicia de Dios. Ni un minuto antes ni un minuto después. O sea, ni cuando afirman los mayas ni cuando niega la NASA. Ni tan siquiera, siento decirlo, cuando lo intuye el "brasas" de la neuroteología.

En el entretanto, los hombres tenemos un mandato: gozar a tope de la vida, como nos recuerda aquel entusiasta de la vida, y de la Navidad, que fue Chesterton en la poesía que acompaña la felicitación de Hispanidad en este año 2012. Nos sobra obsesión con el final y nos falta fijación con el principio. El principio es la vida, y si a los nonatos les preguntaran por lo que les espera tras ese mínimo paso llamado nacimiento seguramente albergarían tantas dudas como muchos sienten ante la muerte. Dudas tontas, porque tanto la vida para uno como la muerte para otros, significa el cumplimiento de sus mejores esperanzas. Son estas unas navidades expectantes para todos los que dudan.

Pero los católicos no tenemos dudas sobre la Navidad: sabemos perfectamente lo que esperamos.

Feliz Navidad, que quiere decir eso: "feliz nacimiento". Pero igual podría suponer "feliz resurrección". Maranatha: Ven Señor, no tardes.

Eulogio López

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