La encíclica Lumen Fidei es un canto a la mayor de las humildades: la humildad intelectual. Sólo el hombre puede ser orgulloso por la misma razón que solo el hombre puede pensar. Y por ello, "la teología no consiste sólo en un esfuerzo de la razón por escrutar y conocer, como en las ciencias experimentales. Dios no se puede reducir a un objeto. Él es Sujeto que se deja conocer y se manifiesta en la relación de persona a persona".

El siguiente párrafo es largo, pero ruego al lector que lo saboree; Benedicto XVI y el Papa Francisco explican así porque en el siglo XXI los fundamentos de la fe en Cristo, que nos llegan a través de testigos, deben ser admitidos como ciertos.

Atención: "La transmisión de la fe, que brilla para todos los hombres en todo lugar, pasa también por las coordenadas temporales, de generación en generación. Puesto que la fe nace de un encuentro que se produce en la historia e ilumina el camino a lo largo del tiempo, tiene necesidad de transmitirse a través de los siglos. Y mediante una cadena ininterrumpida de testimonios llega a nosotros el rostro de Jesús. ¿Cómo es posible esto ¿Cómo podemos estar seguros de llegar al 'verdadero Jesús' a través de los siglos

Si el hombre fuese un individuo aislado, si partiésemos solamente del 'yo' individual, que busca en sí mismo la seguridad del conocimiento, esta certeza sería imposible. No puedo ver por mí mismo lo que ha sucedido en una época tan distante de la mía. Pero ésta no es la única manera que tiene el hombre de conocer. La persona vive siempre en relación. Proviene de otros, pertenece a otros, su vida se ensancha en el encuentro con otros.

Incluso el conocimiento de sí, la misma autoconciencia, es relacional y está vinculada a otros que nos han precedido: en primer lugar nuestros padres, que nos han dado la vida y el nombre. El lenguaje mismo, las palabras con que interpretamos nuestra vida y nuestra realidad, nos llega a través de otros, guardado en la memoria viva de otros. El conocimiento de uno mismo sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande.

Lo mismo sucede con la fe, que lleva a su plenitud el modo humano de comprender. El pasado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia".

Este bellísimo argumento recuerda aquella advertencia de Juan Pablo II cuando aseguraba que la maldad de nuestra época no es mayor ni menor que la de épocas anteriores. Sin embargo nos advertía contra un fenómeno nuevo, demoledor, que, desgraciadamente, sí nos hace distintos: la incapacidad de una generación para trasmitir la fe a la siguiente. Precisamente en esta era, la era de la comunicación.

Eulogio López

[email protected]