Fue Manuel Fraga quien pronunció el discurso más breve que registra la historia del madrileño Instituto de Analistas Financieros, en aquellos años de transición política. El viejo prócer dictaminó: "Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices". Genio y figura.

Ángel Boixadós (en la imagen) es periodista y fue analista financiero. Cocinero antes que fraile. Como periodista ha tenido ocasión de purgar su pecaminosa vida pretérita en bancos de inversión, fondos y otros lupanares. Su historial profesional recuerda aquella otra anécdota de la universidad de Harvard cuando un estudiante primerizo preguntó a una camarera del comedor universitario cuánto costaba el menú, a lo que la aludida, señalando el listado de platos y precios, respondió: "¿Usted es de esos chicos de Harvard que no saben contar o de esos chicos del MIT que no saben leer".

Quiero decir que si el libro, de nuevo cuño, Los Reyes de las Finanzas lo hubiera escrito un analista no le habríamos entendido nada, quizás porque tampoco se habría entendido él. Si lo hubiera escrito un periodista habría extraído más conclusiones que premisas. En definitiva, Ángel Boixadós era el personaje adecuado para explicarnos quién manda en la industria financiera, que es una industria muy especial: no produce nada pero es capaz de destruir toda la producción industrial.

Boixadós revela todo el entramado de bancos centrales, agencias de 'rating', gobiernos, fondos de alto riesgo, bancos de inversión, e incluso paraísos fiscales, que mueven los mercados financieros. Hay dos conceptos clave: el primero, la especulación, ese término maldito al que los amos de las finanzas niegan hasta su propia existencia. Un mundo tan simple en su esencia como sofisticado en su terminología. A medida que avanzas en la lectura llegas a la misma conclusión: "¡Ah!, pero, ¿se trataba de eso".

La especulación financiera divide al mundo actual en dos bandos: los que la reflejan como lo que es, la vieja codicia humana vestida de seda tecnificada, y los que niegan hasta la misma existencia de la especulación y hasta del concepto.

El segundo fenómeno, que es también conclusión del libro, resulta igualmente sencillo. Se trata de responder a la pregunta: ¿Qué ocurriría si los mercados financieros redujeran su actividad a una centésima parte de lo que son hoy La respuesta es: nada, no sucedería absolutamente nada.

Así que ya lo saben: o se leen esta pequeña genialidad o seguirán preguntándose por qué la economía va siempre mal.

Eulogio López

[email protected]