El ministro de Economía, Luis de Guindos (en la imagen), ha lanzado la nueva normativa sobre concurso de acreedores y quiebras. En pocas palabras, protege a los morosos y facilita el cambio de la deuda bancaria contraria por capitalización. En otras palabras, pagar al banco que no puedes pagar con tus acciones.

Argumentan en Economía que más del 90% de las empresas que entran en concurso de acreedores acaban en el desguace. El porcentaje asusta, ciertamente, pero no creo que el asunto se arregle convirtiendo a los banqueros en empresarios. El banquero presta pero no gestiona: no se desvive por sacar adelante la producción, pagar a la plantilla y satisfacer al cliente. El banquero sólo piensa en trocear la compañía, cobrar su deuda y, cuando la sociedad esté reducida a su mínima expresión, venderla.

O liquidar también esa "mínima expresión". Para eso mejor sería que fuera el propio empresario quien troceara la empresa y se quedara con esa "mínima expresión". 

A ver si nos entendemos: pagar las deudas libremente contraídas es un deber moral. La ley Guindos no hace otra cosa que ayudar al moroso a evitar que pague sus deudas en tiempo y forma. Se nos dice: "Es que si no, quiebran". Es que a lo mejor tienen que quebrar. Y de las cenizas volverá a surgir algo nuevo. Que una empresa quiebre por mala gestión, porque se ha quedado atrasado, pase, pero lo grave es que quiebre porque el negocio ya nació apalancado.

En todo Occidente nos hemos acostumbrado a que lo de aquel empresario -más bien financiero-, que aseguraba: "Loisiño, los negocios hay que hacerlo sin dinero, porque si uno pone los cuartos puede perderlos". A día de hoy, todo aquel que pone en marcha algo, una compañía o un proyecto, lo hace con deuda. Así, a los riesgos propios del negocio une el del capital e intereses a devolver. Nadie funciona con fondos propios. Y así sobrevienen los desastres.

La economía no puede tener como protagonista al financiero, sino al empresario, es decir, a la propiedad privada

Eulogio López

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