Mis primeras armas como periodista las velé en la Nueva España de Oviedo que es hoy mejor periódico que cuando yo andaba de becario. Pero todavía guarda en sus entretelas un aquél de la vieja Asturias roja, borracha y dinamitera. La última sorpresa, y me sigue sorprendiendo con perlas, como la entrevista al sobrino (en la imagen) del famoso general republicano Miaja.

Según él, y así tituló con tino el entrevistador: "Paracuellos no fue un crimen de Estado, sino de incontrolados".

Me encanta la progresía, en aquel entonces, el rojerío, que ahora también tenemos progresía de derechas. Esto de los incontrolados ha sido el único recurso de un régimen como el de la II República, controlado por gente como el alabado Santiago Carrillo, profesionales del odio, que cuando el asunto se les fue de las manos sólo lograron esa curiosa excusa: no fue la República quien ejecutó la cobarde matanza de Paracuellos: fueron incontrolados. ¿Y quién no podía, o no quería, controlar a los incontrolados homicidas El muy democrático Gobierno republicano, naturalmente. Entre otras cosas, porque la mayoría de ellos eran milicianos socialistas, comunistas y anarquistas. Ancestros del PSOE, del PCE o de movimientos tipo 15-M.

Aunque algo hemos avanzado. Antes, la izquierda negaba que Paracuellos hubiera existido mientras la derecha mantenía un silencio un pelín cobardón (como casi siempre, si se trata del PP). Ahora no, ahora ya no se niega la matanza en el pueblo de Madrid -quizás porque no es posible negar la evidencia- pero el sobrino de uno de los altos mandos del ejército republicano se muestra incapaz, setenta años después, de reconocer el ansia homicida, estalinista, que guiaba a buena parte del Régimen republicano.

Este es el problema de la izquierda española: es vengativa. Ni tras la reconciliación reconoce sus errores y, mucho menos, sus horrores. Y así no hay manera porque, ¿cómo reconciliarse con quien no se arrepiente de nada Se le puede respetar, pero no hay concordia posible, por la misma razón que no puede haber perdón sin arrepentimiento. Se queda en mera resignación, muy poquita cosa.

Eulogio López

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