Las sentencias judiciales constituyen un género literario muy parecido a las malas novelas, donde el argumento aburre tanto que el lector pasa directamente al final.

Ejemplo, de la sentencia sobre el juez, Garzón acusado de cohecho, se destaca que el caso ha sido archivado. No porque el Tribunal haya considerado inocente al reo de recibir sobornos -"patrocinios", dice nuestra RTVE, ligeramente controlada por Rasputín Rubalcaba- sino porque los acusadores no anduvieron diligentes y el conflicto ya ha prescrito.

El diario garzoniano El País -¡Loada sea su semántica!- no se conforma con la prescripción: asegura que el juez instructor falta al honor del magistrado cuando le califica de delincuente "por considerar acreditado que Garzón delinquió al reclamar dinero a diversas empresas españolas para patrocinar una serie de conferencias que impartía en Nueva York". Miren qué cosa más rara: el juez dice que está probado el delito y sólo por ello le tilda a don Baltasar de delincuente. Ya lo dijo Groucho Marx: "El mundo está desquiciado".

Por cierto, se olvida el redactor -un olvido lo tiene cualquiera- de que Garzón no ha delinquido por recibir patrocinios de grandes empresarios y banqueros sino porque la mayoría de esos empresarios y banqueros recibieron antes fallos favorables del magistrado peticionario quien intervino (¿en qué casos con repercusión mediática no ha intervenido Garzón?) en sumarios delicados para los donantes, quienes, agradecidos, no ha dudado en ejercer su responsabilidad social corporativa financiando a una adalid de la justicia. Por ejemplo, don Emilio Botín y don Francisco González, los dos banqueros más poderosos de España.

Vamos, que no se le acusa de pedigüeño, sino de contra prestador, o también llamado parte contratante. En plata, que sus 'inocentes' se convirtieron en paganos, lo cual da pábulo a feroces sospechas. Y si ha sido absuelto, mejor, archivado, es porque sus acusadores no estuvieron lo suficientemente listos como para poner la demanda a su debido tiempo. Lo que ocurre, claro está, es que El País, como todos los baltasarianos, antes que defender a Garzón lo que pretende es arrear a quienes le juzgan al grito de '¡jueces fascistas!', un grito académico, científico y jurisprudencial.

A ver si nos entendemos: Baltasar Garzón no es un progresista sino ególatra. Ese es su problemilla. Y como la humildad no es otra cosa que la verdad, los ególatras suelen sufrir de prejuicios y acaban por ser poco ecuánimes, ergo, si hay un defecto que impide la capacidad de administrar justicia es precisamente la soberbia.

Ahora bien, de los tres casos que afronta don Baltasar este resultaba el más preocupante para su honor y, sobre todo, para su currículum. Porque claro, ser condenado por violar el secreto de Defensa de unos presuntos corruptos (por pura casualidad del Partido Popular, que Garzón se ha cuidado mucho de investigar al PSOE salvo cuando se cabreó con Felipe González y lanzó el caso GAL) o ser condenado por investigar los crímenes del Franquismo le convierte en un mito de la progresía española. Ahora bien, un mito progre no puede ser condenado por recibir 'patrocinios', o sea, pasta gansa, guita, parné, de los más adinerados de este más, mayormente, por los odiados banqueros. Eso no hace progresista te pongas como te pongas.

Verbigracia, la mayor aspiración de Garzón, asesor de la Corte Penal Internacinoal, uno de los terminales favoritos del Nuevo Orden Mundial (NOM) era sentar al Papa en el banquillo de los acusados, allá en La Haya, tierra de promisión progresista. Eso valdría mucho más, sin comparación, que haber encausado al golpista Augusto Pinochet. La razón es lo de menos -homofobia, pedofilia o dogmatismo- pero lograr el procesamiento de Benedicto XVI sería la culminación de una carrera. Sólo así su ego se sentiría satisfecho. Ahora, con una inhabilitación lo tiene más complicado, pero nada es imposible.

Eulogio López

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