Ya comprendo que el titular no resulta políticamente correcto en estos momentos.

Si no ha habido trampa o usura en la concesión, el desahucio es justo. Es justo porque las deudas hay que pagarlas, tanto las materiales como las espirituales. No se me asusten: una deuda espiritual es, por ejemplo, una ofensa, o una calumnia. Se paga pidiendo perdón por las ofensas o, en el segundo caso, restaurando la buena fama del calumniado.

El suscriptor se comprometió con el banco a devolverle el capital prestado para comprar su hogar más los intereses. Si por lo que sea, no puede pagarlo... lo lógico es que el banco se quede con el aval para recuperar su dinero.

Otra cosa es que haya que ser solidario con quien ha perdido su hogar, que es una de las pruebas más duras por las que puede atravesar quien tuvo un hogar y lo ha perdido.

Pero no hay que ayudar al desahuciado a que se mantenga en su casa por la fuerza, imponiendo su injusticia y su prepotencia al acreedor. No, en lo que hay que socorrer al desahuciado es en la tarea de encontrar otro techo bajo el que refugiarse. Pero las ayudas se piden, no se exigen, y menos por la fuerza.

En tiempos de confusión conviene recordar la evidencia o, si lo prefieren, las verdades primeras. Porque después de tanta demagogia como hemos vivido durante los últimos meses nada mejor que regresar a las verdades primeras, casi, casi, a las tautologías.

Y ojo, en Hispanidad siempre hemos defendido la dación en pago por la misma razón que defendemos los desahucios. Porque es justa. Si he firmado un préstamo donde el aval es el propio bien adquirido, y resulta que no puedo pagar la hipoteca, quédese usted, señor banquero, con la prenda, no con la prenda y el crédito, todo a un tiempo.

Pero el embargo sigue siendo un hecho justo. Doloroso, pero justo.

Eulogio López

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