El catedrático de Historia Contemporánea, Javier Paredes, editor del libro, lo califica como la obra definitiva del historiador Luis Suárez. Estoy de acuerdo, aunque mi apuesta merece menor mérito que la suya porque no conozco la obra del vituperado Suárez tan bien como él.

En cualquier caso, el pequeño volumen Lo que España debe a la Iglesia Católica es eso: una obra de veteranía con una capacidad de síntesis sin parangón. Porque una buena síntesis no consiste en resumir los jalones de la historia del mundo sino su significado. Y cuando alguien extrae esos significados, dando coherencia a los hechos y a los datos, entonces surge esa sensación de veracidad: el que comprende que Suárez ha superado la subjetividad, esa cadena de la sabiduría. Y también ha superado el relativismo sobre la verdad, esa imposición de la ignorancia.

No falla un tiro, el autor, da en el blanco una y otra vez. Todos los tópicos históricos van siendo desarmados, desde la Hispania romana, pasando por la monarquía goda, tan desconocida; por la Edad Media, tan estúpidamente ignorada; por la Reconquista, la irrepetible evangelización de América, la Reforma y las guerras de religión en Europa, el nacimiento del esclavista estado moderno, la modernidad insatisfecha, las tiranías modernas y allá al fondo, siempre, siempre, la libertad de los hijos de Dios, la gran aportación de la hispana al mundo, que no es otra cosa que la construcción social a partir de la libertad individual que un Dios clavado en la cruz logró para el ser humano.

La Iglesia no le debe nada a España, es España la que está en deuda con la Iglesia. Sólo un sabio como Luis Suárez podía unir, negro sobre blanco, los datos y su sentido.

El título no es atractivo porque los españoles nos hemos vuelto ingratos con el Cuerpo Místico. Somos una nación fundada sobre el cristianismo donde cunde el más rabioso, y zafio, de los anticlericalismos.

Pero todo eso, ¿qué importa? Si quiere usted entender España debe leer a Suárez. Si quiere entender el mundo, debe releer la historia de Suárez.

Me conformaré con reseñar uno de los tópicos a los que el autor da la vuelta. En la historia europea, España representa el optimismo filosófico, pues su doctrina no era más que la conjunción de la gracia de Dios y la libertad humana para responder a esa gracia. Frente a ese optimismo, se elevó el pesimismo nominalista que Lutero llevó al límite y las tiranías del siglo XX, nazismo y comunismo, herederas del idealismo filosófico, llevaron a plenitud. A plenitud homicida, se entiende. Y la razón es clara: si el hombre es juguete de su destino predestinado, ya desde su nacimiento, sólo le queda conformarse con su suerte. Si el hombre, por el contrario, es libre, redimido por un Dios pendiente de su palabra, entonces, no sólo la libertad, sino su colofón natural, la felicidad es posible en este mundo.

Tal es lo que España enseñó al mundo. A su vez, a los españoles no los había enseñado la fe en un Dios que tanto amó al mundo que se entregó a su único hijo por él. La diferencia entre esta reseña y Lo que España debe a la Iglesia Católica es que yo lo digo, pero Suárez lo muestra y lo demuestra.

No lo duden: estamos ante el libro de historia del año 2012.

Eulogio López

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