La diferencia entre la justicia humana y la divina -es decir, entre la justicia humana y la justicia sin apellido- es que en la justicia de verdad, en la justicia justa, no hay imputados: sólo inocentes y culpables.

Pero por el momento tendremos que conformarnos con lo que tenemos. Y lo que tenemos es que si la Infanta Cristina es imputada, o simplemente investigada, los españoles ya hemos decidido que es culpable o inocente, según nuestros prejuicios monárquicos o antimonárquicos. Y la mayoría sostendrá que es culpable. Si luego el juez humano la considera inocente, entonces es que la monarquía tiene mucho poder y los jueces son injustos.

Con Leo Messi (no, no ha sido Florentino Pérez quien le ha denunciado, lo sé de buena fuente) ocurre lo mismo: los culés están seguros de que se trata de un santo calumniado mientras los merengues consideran que lo de la elusión fiscal es lo de menos: Messi (en la imagen) dirige una red de narcotraficantes con muchos muertos a sus espaldas.

Cuando el hombre cae en el relativismo no tiene otro remedio que confiar en los jueces. Se han convertido en nuestros mentores morales. En serio: no se admite otra verdad que la sentencia judicial. Los jueces se equivocan y las leyes son injustas en un tanto por ciento que me niego a concretar si no es en presencia de mi abogado.

Pero da lo mismo: si no existe ni el bien ni el mal, ni tampoco existe lo verdadero o lo falso, entonces la única verdad posible es lo que decida un juez. ¡Dios nos ampare!

España se ha convertido en un país de litigios. La ecuanimidad brilla por su ausencia y la mala leche crece, crece… hasta la náusea.

Eulogio López

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