Ya echaba yo de menos al ínclito Manuel Jiménez de Parga, ex presidente del Tribunal Constitucional, que no se qué tendrá ese cargo, que imprime carácter en sus tenedores, o más bien sostenedores.

Don Manuel ha publicado un artículo en el diario El Mundo, titulado "Sobre la verdadera libertad religiosa" lo que ya da pistas, porque nos indica que hay otras libertades religiosas, al parecer poco verdaderas.

Resulta que don Manuel se nos fue a Buenos Aires, invitado por la Universidad Católica de Argentina, que, como dicen los porteños boludos, nunca fue Argentina, dejó de ser católica y está abandonando su condición universitaria. Pero no hagan caso de los porteños: tienen mala fama en el conjunto de los argentinos, por algo será.

Don Manuel asegura que en Argentina hay un 30% de pobres. Y claro está, esto le lleva al problema de los señoritos-curas, culpables fehacientes del asunto, que no se preocupan de la población. Es decir, que la culpa de un país cuya economía crece por encima del 6% pero donde se agudizan las diferencias sociales la tienen, por supuesto, los curas. Y en eso consiste -no me pidan la hilazón, pregúntenle a Jiménez de Parga- de la pobreza argentina.

Como todas las comparaciones son odiosas, Jiménez de Parga expone el remedio para conseguir la libertad religiosa -la verdadera, no la falsa: los "admirables curas obreros" españoles. ¡Por fin hemos dado con la clave para terminar con la miseria: los curas-obreros! La verdad, pedir que los curas se conviertan en obreros es como pedir que los obreros se conviertan en curas: algo nefasto. ¿Y qué tienen que ver los curas obreros con la libertad religiosa? No sé si habla de la libertad religiosa o de las libertades de los curas. "Admirables curas obreros": mire usted, en nuestra España democrática hicieron mucho más por la justicia social los políticos de la Transición que instauraron el salario mínimo que los curas metidos a obreros, los obreros y peores curas. Se lo dice el abajo firmante, hijo de un obrero y nacido en barrio bajo (aunque muy ilustre, nada menos que en Ventanielles, de la señera ciudad de Oviedo, nada menos).

Pero por esta vía se llega a la más grandiosa conclusión de nuestro nunca bien loado jurista. Asegura Jiménez de Parga, en dura crítica a la UCA anfitriona, que durante su estancia "había considerado la libertad religiosa pero entendida la religión como simple liturgia".

Muy cierto: sería horrible considerar la religión como simple liturgia pero sería algo tonto considerar la libertad religiosa como otra cosa que la defensa de la libertad litúrgica, esto, la libertad de culto que de eso hablamos cuando hablamos de libertad religiosa.

El eminente jurista no parece reparar en que nadie, ni el peor de los autócratas, ni la más feroz de las tiranías, pueden impedir creer en Cristo, esperar en Cristo y amar a Cristo, pero la conciencia no ve, la mente y el corazón, tampoco. Lo que sí pueden impedirme es expresar esa fe, esa esperanza y esa caridad en público. No pueden impedirme creer pero sí asistir a misa, expresarme en católico, etc.

Así no es de extrañar que don Manuel se empeñe en transitar por otro de los lugares comunes del Nuevo Orden Mundial que, lo diré mil veces al día sí es necesario, no pretende destruir a la Iglesia sino conquistarla: "el cristianismo, en cuanto religión que proclama el amor fraterno fue un tema marginal en una universidad que se autodenomina pontificia y católica".

Pues mire no. La fraternidad cristiana no es más que la consecuencia de que el hombre es hijo de Dios, por tanto, hermano de sus hermanos los hombres. Más que nada porque no hay fraternidad sin paternidad.

Por cierto, les aseguró que el ex presidente del Tribunal Constitucional no es ningún rojo, ni ningún separatista. Es justo lo contrario: derecha pagana que no renuncia a presentarse como cristiana y derecha centralista hasta la médula.

Eulogio López

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