Las tres grandes compañías están controladas por intermediarios financieros, sobre todo por los más especulativos y por las firmas a quienes juzgan. El caso de Fitch es el más grave: su dueño comparte este poder omnímodo con otro no menos tiránico: al medición de audiencias de TV. Los chinos ya han creado su propia agencia, pero influye poco

Las tres grandes agencias de riesgo –Moody's, Standard & Poor's y Fitch- te califican sin apenas conocerte y sus juicios –sean sobre empresas o sobre países- nunca te proporcionan dinero pero pueden arruinarte. De hecho, estas agencias no están obligadas a exponer sus criterios de puntuación, por lo que su actividad es bastante arbitraria. Nadie cree en ellas pero es lo único que hay, el instrumento imprescindible, aunque no necesario, ni mucho menos justo, en un mundo financiero absolutamente globalizado donde un fondo de Singapur invierte una compañía española de la que no sabe ni a qué se dedica.

Su prestigio actual tras la crisis desatada en 2007, no está por los suelos, sino en el subsuelo. No previeron la crisis y, un día antes de que se produjera, otorgaban las máximas calificaciones a los mayores bancos del mundo, los norteamericanos, aunque todos ellos terminaron en la quiebra y salvados por su Gobierno.

Sus agravios comparativos son clamorosos: por ejemplo, se ensañan con España pero se cuidan muy mucho de golpear a un país como Estados Unidos, cuyo déficit público y su deuda es muy superior –en términos relativos, digo- a la española. No en vano, las tres agencias comparecieron tras el ridículo de la crisis, no prevista por sus grandes expertos, ante el Senado norteamericano, no ante el parlamento europeo. Prometieron enmendarse y, desde entonces, se dedican a destrozar deudas soberanas y empresas de países europeos, aunque siguen procurando no molestar a Estados Unidos. Y además, se les paga por todo ello.

Años atrás –sí, desgraciadamente años atrás-, el presidente del Banco Santander, Emilio Botín, recibía a los delegados de Moody's con los pies encima de la mesa. Era un acto de chulería de lo más pertinente, para dejar bien claro que quien conocía su banco era él, y no aquellos proveedores a quienes pagaba para que le pusieran nota. Ahora no podría hacerlo: el poder de las agencias ha crecido demasiado.

En el diario Expansión, el periodista Ángel Boixadós (www.latiza.es) ha publicado un artículo revelador, de los que hay que guardar en la hemeroteca personal. Pone al descubierto quién está detrás de las tres grandes agencias. Y así nos enteramos, por ejemplo, de que la editora McGraw Hill, cotizada, figura en el accionariado tanto de Moody´s como de S&P, de la que es propietaria.

Uno de los grandes accionista de Moody's es el fondo de Warren Buffet, el segundo hombre más rico del mundo con intereses en multinacionales cotizadas. En el accionariado de ambas compañías figuran los fondos –ver lista que ofrece Ángel Boixadós en su excelente trabajo investigador- más especulativos, aquellos que provocaron la actual crisis en Wall Street, hoy extendida por todo el mundo.

Si cabe, aún más peligrosa resulta la propiedad de Fitch, la tercera agencia en discordia. Su principal accionista es el grupo francés FIMALAC, a su vez propietario de Sofres. Se unen así dos peligrosos monopolios en una misma mano: el de la calificación del riesgo y el de la medición de audiencias televisivas, sin duda el medio-estrella del siglo XXI. El poder de una agencia de riesgo financiero conjugado con el poder que otorga la medición de audiencias televisivas, de las que dependen dos sectores estratégicos que mueven billones de euros, en las mismas manaos, resulta tenebroso.

No es de extrañar que los chinos, los nuevos depredadores del capitalismo financiero mundial, hayan creado su propia agencia, y que Merkel, Barroso y otras autoridades europeas bramen contra el oligopolio de los tres grandes y prometan, aunque nunca lo hacen, una agencia de riesgo europea.

Mientras, las agencias disfrutan de su poder y continúan hundiendo economías y compañías.

Eulogio López

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