"La sanidad no se vende, se defiende". Es el eslogan favorito de la marea blanca, es decir, de las propuestas sanitarias en Madrid contra la privatización de la gestión de hospitales públicos y centros de salud. Sí, de la gestión, pero me temo que para la mayoría, privatizar la cuestión es privatizar a secas... y se ha acabó.

Es más, entre sanitarios, maestros, y de más colectivos en lucha permanente contra los recortes -necesarios, desde luego- aletea la idea que le escuché a un señora en la calle: "A mí lo que no me gusta es eso de privatizar". No sé a qué sector se refería, pero lo cierto es que la justicia social pasa por el principio básico de la subsidiariedad, esto es, la base de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) pero también del liberalismo económico: Es decir, lo que puede hacer el individuo, la familia o la sociedad que no lo haga el Estado. Es decir, que la justicia social y las libertades pasan por la propiedad privada, que, miren por dónde, es la que tiene mala prensa en España.

Es decir, que el principal problema de España, y me temo que de buena parte del planeta es la mitificación de la propiedad pública. Se entiende que lo público es de todos, solidario, maravilloso. Sólo que es mentira. La propiedad pública no es de todos: es del Gobierno y el Gobierno hace de ella lo que le viene en gana. Son 17 señores, más bien uno, el presidente, en España don Mariano Rajoy, quienes hacen y deshacen porque puede que no sean los propietarios del sector público pero sí sus administradores omnímodos. Usted, Juan Español, no manda un pimiento en la propiedad pública, por muy propietario que sea de una cuota-parte de la misma. Lo bueno es la denostada propiedad privada.

Y ojo, no cualquier propiedad privada, sino la propiedad privada pequeña. Usted puede comprar acciones del Banco Santander -o de cualquier otra multinacional- y presumir de propietario del Santander, pero resultará un orgullo un tanto fatuo. Usted ni manda ni decide en el Santander: manda y decide Emilio Botín, aunque no posee ni el 0,50% del capital.

A ver, ideas-fuerza: la propiedad pública es malísima, al igual que la propiedad privada grande. A lo que debe aspirar todo ciudadano que quiera ser libre es a la propiedad privada pequeña, aquélla sobre cuyo porvenir manda y decide: su casa, su pequeño comercio, su micropyme, su despacho. El resto son cuentos ideológicos que venden la socialdemocracia grande y el gran capitalismo para engañarnos como a chinos. (Por cierto, desconozco el origen de esa expresión: servidor nunca ha conseguido engañar a un chino).

Eulogio López

[email protected]