Entender lo que está ocurriendo en el retorcido mundo actual no tiene por qué resultar complicado. Por ejemplo, basta con leer la portada de hoy del diario Expansión: El aviso de Moodys acelera la reforma de las pensiones.

Oiga, ¿y qué ha dicho Moodys? Pues, en pocas palabras, la agencia de riesgo norteamericana, siempre al servicio de la especulación internacional, ha insistido en que la banca española tiene activos tóxicos ocultos que debe aflorarlas a gran velocidad o entrará en pérdidas.

Esos genios de la prospectiva, que ni se olieron la crisis, exigen en consecuencia, lo que reza el desgraciado titular de expansión inserto en esa tendencia tan española a autoflagelarse: como los bancos tienen pérdidas ocultas tiene usted que afrontar nuevas reformas, es decir, reducirle la pensión al viejecito o al prejubilado: ¿Qué tendrá que ver la gimnasia con la magnesia? 

El asunto, además, adopta la forma de un chantaje. Ojo: si no hace usted reformas, yo no le compro su deuda o le exijo más rentabilidad por sus bonos hasta ahogarle como hicimos con griegos e irlandeses.

El poder de Moodys se apoya en una economía puesta al servicio de la especulación financiera, sólo que encima, en el siglo XXI, se trata de especulación financiera global. No lo duden: el capitalismo caerá a fuerza de emisiones públicas, que están llevando a Occidente a la bancarrota. El financiero es hoy un parásito de empresarios y trabajadores que doblan el lomo en la llamada economía real. Pobres y emprendedores condenados a pagar las deudas de los intermediarios financieros, es decir, de los rentistas.

Es la plutocracia, sólo que ahora global. La canciller Merkel asegura de nuevo que no se dejará caer a ningún país europeo. ¡Cuánto bueno! Eso significa, que la Unión Europea, que mañana comienza su consejo Europeo, está dispuesta a pagar las pérdidas del chantajista a costa de los pobres quienes, por ejemplo, verán reducidos salarios y pensiones.

La única forma de romper este círculo no es apretarse más el cinturón sino dejar que los bancos privados quebrados, quiebren (y que los gobiernos aseguren los depósitos de los ahorradores, que no las inversiones de los especuladores), y lo mismo los gobiernos quebrados. Sí, señora Merkel, deje usted caer a quien tenga que caer -llámese Grecia, Irlanda, Portugal o España-, porque los que caerán no serán los ciudadanos de esos países sino los inversores -por ejemplo alemanes-, es decir, aquéllos que una vez cubiertas sus necesidades primarias aún les queda dinero para invertir en renta fija, variable o mediopensionista. Que para salvar al rico haya que reducir la jubilación al pensionista y el salario al trabajador es algo que resulta ligeramente injusto. Y toda esta plutocracia lamentable la llamamos salvar el euro.

Por lo demás, el Consejo Europeo del próximo fin de semana se celebra bajo el signo de los puñeteros rescates -rescatar al rico a costa del pobre- en lugar de dedicarse a lo que ha constituido la historia de la Unión Europea desde su fundación: la solidaridad entre ricos y pobres o mejor, la mayor aportación de los países ricos al presupuesto común, de donde salen los fondos comunitarios para ayudar a los países con menor nivel de vida. Ese esquema ya está olvidado: ahora los fondos comunes son para rescatar inversores.

A esa Europa yo no juego. En primer lugar porque me parece injusto; en segundo lugar, porque se va a estrellar. Como todo Occidente.

Eulogio López

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