Toda la propaganda antivida, ahora tan de actualidad con la ley del aborto, que pretende no-reformar el ministro Gallardón, se apoya en la idea de que la mujer que mata a su hijo en su propio seno es una víctima. Es lógico, la única manera de ocultar la barbarie consiste en glorificarla. En el Evangelio, a este trocar el mal el bien y el bien en mal, se le llama blasfemia contra el Espíritu Santo, la que no se perdonará en este mundo ni en el venidero. Y así, resulta que el aborto no sólo es despenalizable, es un derecho.

El cine ayuda mucho. Juana Samanes hablaba en Hispanidad, días atrás, de la película Maternity Blues, donde se viene a decir que las infanticidas han hecho lo que han hecho -matar a su hijo- porque han sufrido mucho. Vamos, que más que una película es una cortada. Coartada para verdugos -verdugas, diría un políticamente correcto- y, además, víctima.

Claro que sí: quien ha cometido la salvajada de asesinar a su hijo inocente es posible que acabe tarada. De hecho, eso es lo que suele ocurrir a las mujeres que abortan. Pero ya lo saben: no es que los locos sean malos, es que los malvados se vuelven locos. Lógico.

Eulogio López

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