Salomé sólo tenía 22 años. Pero los hombres acabaron con su corta vida en Afganistán. La esposa, acusada de adulterio, fue lapidada en público por su propio marido; así lo dispone la "sharia", la ley islámica.

Al estar enraizada en la cultura afgana de esta despiadada práctica, incita a pensar que no prescribirá.

La directora de la ONG Voice of Women Organitation, asevera "en nuestra sociedad machista se piensa que las mujeres somos una propiedad, un objeto que se compra, y por lo tanto no tenemos derechos".

En Afganistán todos los casamientos son acordados. No acaece una relación de amor o de simpatía entre un varón y una mujer. Las bodas se ajustan entre dos estirpes que se ponen de acuerdo y unen a sus retoños por dinero. Además, subsiste la costumbre de que el hombre tiene la obligación de abonar una dote por la futura esposa.

Los hombres que logran costear esa prebenda se deberán desposar con una chiquilla que no conocen y a la que, en el mejor de los casos, la han ojeado una vez en toda su existencia. Son solo unas niñas de diez a doce años que han sido forzadas a unirse en matrimonio, para templar las dificultades monetarias de su familia.

"Las prácticas culturales hacen de Afganistán un país muy peligroso para las mujeres" "Cuando te cansas de llamar a todas las puertas y nadie te responde, a veces, la única solución que te queda es quemarte viva y acabar con todo".

Son los terruños de los ayatolás. Hay una comarca lindante con Afganistán destacada por el calificativo de  "la ciudad de las suicidas" debido al elevado número de adolescentes que ambicionan liquidarse para terminar con sus penalidades. Y fue Herat, por cercanía territorial, el portón de acceso de esta práctica inmoladora.

Muhamed Arif Jalalí, jefe de la unidad de cuidados intensivos del Hospital de Herat, asevera que la escabechina se ha alzado hasta cotas espeluznantes: "Entre el 60% y el 70% del total son casos de mujeres que se han intentado quitar la vida", afirma el doctor. "Muchas adolescentes me piden que les ayude a morir, pero mi función es la de salvar vidas, no quitarlas".

Asimismo, Zoraida no deseaba contraer matrimonio con aquél hombre: "Era muy infeliz, mi marido se enfadaba mucho y me trataba mal. Desesperada fui a pedirle consejo al mulá de la mezquita de mi barrio porque quería divorciarme". "Él mismo me dio una garrafa de gasolina y las cerillas para que me quemara viva", explica espantada.

Germinar mujer en Afganistán es una penalidad para toda la vida. En el gobierno de los talibanes, a las mujeres afganas se les vedaba ganarse la vida, acudir al colegio o marchar solitarias. Hoy en día, todavía siguen arrinconadas a un segundo plano en la colectividad afgana.

Clemente Ferrer
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