Ana Mato, ministra de Sanidad de Mariano Rajoy, forma parte de la legión de centro reformistas acomplejados que han creado ese gran partido llamado Partido Popular.

Durante su última comparecencia en el Congreso, Mato aseguró que hay que ayudar a cualquier tipo de familia. Porque "cada familia es un mundo y tenemos la obligación de atenderlos, ya estén separados o sean familias monoparentales".

En primer lugar, señora Mato, usted no atiende a nadie: usted redistribuye dinero ajeno, de unas familias a otras, a través de una cosa llamada presupuesto público.

En segundo lugar, parece muy cómodo, demasiado, homologar a los "distintos tipos de familia". Pero mire usted, no es lo mismo.

El Estado no debe atender ni ayudar a las familias a título de limosna sino como contraprestación por el servicio que ofrecen a la sociedad, es decir, al Estado, es decir, al Gobierno, es decir, a usted.

El gaymonio, o el matrimonio que renuncia a tener hijos, no aporta lo mismo a la sociedad que los padres de familia. La familia monoparental tampoco. Los futuros ciudadanos y contribuyentes necesitan las aportaciones insustituibles del padre y de la madre. No se merecen tanto como la familia estable y con hijos. Chesterton lo explica así. "La fuerza del impulso sexual es tan grande y la crianza de los hijos tan larga que si no se logra esa unión con estabilidad y exclusividad, esas funciones se malogran y la misma sociedad se ve seriamente perjudicada".

De la madres solteras digo lo mismo: deben ser ayudadas si lo necesitan pero no merecen igual tratamiento que aquellos cónyuges que se han comprometido a ser una sola carne. Es bueno ayudar a todos pero sin perder de vista la prelación. Porque la mentalidad divorcista no sólo quiebra el matrimonio sino el compromiso, la capacidad de darse, que es lo que distingue a los seres humanos de las bestias.

Lo explicaré, de nuevo, con Chesterton: "Usted no puede deshacerse de su socio en el negocio porque no le guste su tono de voz ni puede despedir un empleado porque no le guste la forma de su nariz. Pero el pensamiento divorcista propone que la mujer de un hombre esté menos atada a él que su propio socio o cualquiera de sus empleados. Los divorcistas tratan de hacer de su matrimonio algo mucho más fácil de disolver que cualquier contrato".

Y eso señora ministra, créame, no es bueno para nadie. Ni para los hombres, ni para las mujeres, ni para los hijos, ni tampoco para usted, responsable de la política de familia del Gobierno.

Eulogio López

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