Entro en una ferretería de barrio madrileña. Un cliente solicita al ferretero un tubo fluorescente.

El susodicho le responde que le quedan cuatro unidades de los antiguos de 2,9 euros. En cuanto se me terminen ya no recibiré más y tendrá usted que comprar uno de los nuevos, ecológico, que cuesta el 6,30 y que costara 7,50 a partir del 1 de enero.

Es el mismo comerciante que tiene colgado un papel sobre el mostrador, donde se anuncian bombillas de bajo consumo a 3,50 euros, es decir, el doble que las tradicionales, que alumbran menos pero, a cambio, también duran menos. Como nesciente en la materia me atengo a las palabras del experto, es decir, del maestro ferretero. No está mal, para tratarse de la medida más glamurosa del ministro de Industria, Miguel Sebastián.

La ecología nos hace más pobres, no sólo porque las bombillas salgan más caras, alumbren menos y duren menos sino porque todo lo verde exhibe las siguientes notas características: viene impuesto, es más caro y más fastidioso. Y como la ecología tiene carácter global, resulta que los más perjudicados son los pobres, porque hay más pobres que ricos.

Y hablamos de bombillas, que no deja de ser un porcentaje mínimo del gasto global. Porque si nos vamos a las subvenciones públicas de la producción de energía verde, entonces mejor no hablar. La primera condición de la energía es que sea barata. La segunda es que garantice el suministro, dado que se trata de un bien esencial. La tercera, sólo la tercera, que atente lo menos posible contra el medio ambiente. Ese es el orden lógico.

Eulogio López

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