Obama entra en Twitter, lo cual no es de extrañar, porque este exitoso formato internetero no deja de ser el arquetipo de pensamiento débil: 140 caracteres.

Al presidente de los Estados Unidos se le permitió -dignidad obliga- excederse de dicho límite pero lo aprovechó, mayormente, para hacer propaganda de su actual batalla contra los republicanos en el Congreso. En pocas palabras, Obama, en su habitual estilo, que algún pérfido podría calificar como chantajista, asegura que la Administración norteamericana no tendrá dinero para pagar sus deudas si el Congreso no le admite ampliar la deuda pública norteamericana. Cuánto canalla anda suelto por el mundo.

A 300 metros de distancia del ordenador presidencial, sito en la Casa Blanca, desde el que Obama se comunicaba con el mundo exterior, en ejercicio muy democrático, la nueva jefa del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, se estrenaba con un mensaje tan apocalíptico como certero: nos informaba de que la deuda pública es el principal problema actual y que nos puede conducir al abismo, incluido Estados Unidos. Efectivamente, hemos creado una economía especulativa al servicio de la deuda pública, desafiando aquel principio económico de Charles Dickens -no confundir con Charles Marx ni con Charles Darwin; Dickens era el más inteligente- cuando afirmaba: el secreto de la felicidad estriba en ganar 20 peniques y gastas 19 mientras el de la desgracia consiste en ganar 20 y gastar 21. O sea, la deuda pública.

Tiene toda la razón doña Cristina aunque hay que ver cómo los cargos cambian a los hombres -y las mujeres-. Porque la hasta ayer ministra de Economía gala es la responsable de que Francia se haya endeudando (cierre de 2010) hasta el 81,7% de su PIB, un porcentaje veinte puntos superior al de España sin que los franceses se topen con nuestros problemas.

En efecto, la deuda es el cáncer de la economía, pero los políticos, incluidos el presidente norteamericano, no quieren arreglar los problemas de los ciudadanos sino hacer que los ciudadanos les voten. Porque la deuda se gasta hoy, pero se paga mañana.

Eulogio López

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