Juan Pablo II será beatificado el próximo 1 de mayo, fiesta de la Divina Misericordia. El mismo día en que murió, bueno, en la víspera, cuando ya había comenzado su conmemoración litúrgica. Si la memoria no me falla, Karol Wojtyla fue el único pontífice del siglo XX que instauró una nueva fiesta litúrgica universal en el siglo XX, la dedicada a Faustina Kowalska, aquella monja polaca fallecida en 1938, a los 33 años de edad, que recibió la revelación de la Divina Misericordia, es decir, que reescribió la doctrina de la infancia espiritual, que podríamos definir como el progreso incluso el progresismo- de la ascética cristiana.

Se lo voy a explicar, mal pero corto, el mensaje de la Kowalska: el hombre es como un niño ante Dios. Más bien como una hormiga, pero el Creador le ha enaltecido. Por tanto, su salvación futura y su felicidad presente dependen de que se comporte con la humildad y la seriedad de un niño pequeño ante sus mayores, no con la soberbia y la majadería de un adolescente.  

No se extrañen de que, probablemente el papa más intelectual del siglo XX, el gran filósofo de la era actual (es curioso, siempre se califica como filósofo a Joseph Ratzinger y de teólogo a Karol Wojtyla, cuando es justamente al revés) haya construido toda su cerebral cosmovisión sobre una monja iletrada cuy tumba se encuentra ahora en Cracovia.

Pues bien, Santa Faustina Kowalska sólo escribió un libro, el Diario de la Divina Misericordia, con la genialidad de los revelados: un estilo corto para un contenido extenso. Uno se pregunta cómo se puede decir tanto con tan pocas palabras y frases tan escuálidas. Su propia menudencia estilística y su propia profundidad conceptual demuestran que no habla por sí misma, sino por el Otro.

Para que se hagan una idea del contenido, el Vaticano mantuvo durante treinta años en interdicto a la hoy canonizada. Y la verdad es que no me extraña: lo que contaba era tan fuerte, tan profundo que, un de dos: o procedía de Dios o pertenecía al mismísimo Infierno.

Pues bien, en ese Diario, Cristo le dice a Santa Faustina que de Polonia saldrá un personaje que preparará al mundo para mi segunda venida. No hace falta ser muy listo para identificarlo.

Una confesión personal: tan sólo he admirado hasta la idolatría vale, idolatría intelectual-. A so personajes: Gilbert Chesterton, que llenó la primera parte del siglo XX, y Karol Wojtyla, que llenó la segunda.

El plumífero Chesterton puso al descubierto la gran trampa modernista, la que nos ha conducido a algo aún peor que al nihilismo: a la tristeza. El sacerdote Wojtyla nos ofreció la alternativa a los nuevos arrianos mientras detenía la demencial deriva de la Iglesia. Después de Chesterton y de Wojtyla, ningún habitante del planeta puede decir que ha sido engañado por los falsos profetas. Esa pareja del cainita siglo XX nos ha señalado el inequívoco camino hacia la plenitud. A partir de ellos, quien no toma esa dirección es porque no le da la gana o porque su soberbia le ha endurecido de tal forma que empezó por no aceptar maestros y ya no acepta testigos.

Y es cierto que, tras la muerte de Juan Pablo II, ha comenzado el baile. Para no hacer el ridículo en la pista y no ser expulsados de ella sólo hay que acogerse a la gratitud por la vida que pregonó Chesterton y a la misericordia divina que predicó Wojtyla, tras aprender de una simpática, aunque analfabeta, monja polaca. Con eso basta.

Eulogio López

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