Jorge Semprun no vivió la II República española sino el nazismo. Como otros tantos comunistas que sufrieron la barbarie pagana nazi no tenía demasiados elementos para oponerle la barbarie pagana comunista. Y así, oiga, no hay salida.

 

No se puede oponer comunismo a nazismo ni socialismo a fascismo por la sencilla razón de que todos ellos proceden de un tronco común: el ateísmo. Compadezco a Semprún, un hombre que sufrió los campos de concentración y que, por tanto, valoraba la libertad del individuo, que es lo que desprecia el modernismo. Lo digo de otra forma: pertenecía a ese tipo de personas a las que la experiencia del dolor le evita caer en el progresismo bobalicón que constituye la atmósfera dominante.

En su 'cola' televisiva más repetida con motivo de su muerte, asegura el ex ministro de Felipe González que hay que mantener la ilusión por cambiar el mundo "aunque sea un poco". De acuerdo en el diagnóstico, pero no en la terapia. La terapia contra el nazismo no puede ser el comunismo, igual que aquel y más peligroso, por más duradero. Porque sin Cristo ni hay libertad ni hay esperanza.

Eulogio López

[email protected]