He recibido muchos varapalos por mis críticas a los organizadores de la JMJ. Creo que la mayoría de ellas no tienen razón en los pormenores pero sí en la enmienda a la totalidad.

En efecto, equivoqué: es de bobos criticar fallos de organización cuando los jóvenes presentes, que eran los protagonistas, salvaron con la buena disposición de su fe y la pureza de sus intenciones, los despistes organizativos. Sería como censurar la Sagrada Familia -obra cumbre del modernismo arquitectónico y expresión de amor a Dios- por el atuendo pueblerino de su creador, el genial Gaudí.

Cuando dos millones de jóvenes invaden una ciudad de Europa y no se produce ni un solo caso de borracheras, drogadicción (no lo digo yo sino los servicios sanitarios), cuando no se produce ningún altercado, es que algo está ocurriendo. Cuando los medios informativos progres, especialmente RTVE, que es el más poderoso, se ven obligados a buscar en la basura dejada por los peregrinos en Cuatro Vientos el motivo de sus críticas -esto debe ser la famosa 'telebasura'- resulta tonto que yo me dedique a hablar de fallos organizativos.

Tomemos un ejemplo arquetípico de mi craso error: el acto de Cibeles, protagonizado por Kiko Argüello. Algunos colegas me preguntan qué me pareció la Cumbre neocatecumenal, algo que a los políticamente correctos les mostró el camino para señalar el fundamentalismo católico, sobre todo por las palabras de Argüello al referirse al martirio como gracia suprema de Cristo.

Respondo: me pareció de miedo. Aunque sólo se concreten la décima parte de las vocaciones anunciadas -nada menos que con el prioritario objetivo de evangelizar China, lo que, en efecto, podría provocar mártires-, masculinas y femeninas, estaríamos hablando de un milagro.

Oiga y lo digo yo, a quien no le gusta ni la estética ni la liturgia de los kikos. Pero eso no es culpa de los kikos, sino mía. Yo soy un cristiano soso, tímido, cobardemente celoso de su intimidad. Lo primero que me viene a las mientes al observar a Argüello con sus camisas llamativas es la imagen de un telepredicador. Vamos que voy de intelectual cristiano elevado y pedantón. A mí se me puede aplicar lo que aseguraba el cachondo de André Frossard, cuando aseguraba que a muchos católicos intelectualoides con ínfulas racionalistas se les rodeará, a su paso por el Purgatorio, de figuras religiosas 'kitsch', para arrancarles la epidermis de señoritismo que nos asola. Además, con tanto golpear a nuestros hermanos en la fe, he olvidado aquello de ser astutos como serpientes.

Por tanto, retiro todas mis críticas al arquitecto Ignacio Vicens o al organizador Yago de la Cierva. ¿Qué más da que hubiera fallos si el resultado ha sido un éxito? ¿Cómo se mide ese éxito? Por el número de jóvenes comprometidos con Cristo -o sea, también con un mundo mejor- durante la pasada semana. Pero eso, claro, no lo podemos medir, sólo percibir.

Eulogio López

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