Dice el ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, que las leyes no las hace Dios sino el Parlamento. Lo cual es muy cierto, como lo es que no es el Parlamento quien decide lo que está bien o lo que está mal. Bueno, sí que lo decide pero no es quién para hacerlo.

A partir de ahí, Jáuregui, entre cuyas numerosas virtudes no se encuentra la humildad, adopta la muy soberbia actitud de hacerse la víctima y pedir al obispo de Madrid que respete la ley. Pero hombre, si la ley hay que respetarla por la fuerza,  o te llevan al banquillo, sino a la cárcel.

Yo no respeto una ley de aborto, pero no por ello me dedico a correr a boinazos -aunque tentaciones no me faltan- a los impulsores de semejante norma homicida (tan homicida la de Aído como la de Felipe González, mantenida y extendida por el PP de Aznar,  dicho sea de paso). Sobre las tentaciones de monseñor Rouco no me pronuncio.

Por contra, la Iglesia dicta normas morales, que se distinguen de las jurídicas porque usted puede cumplirlas o pisotearlas, según le venga en gana. Dios le castigará en su día, y ahora pueden hacerlo los demás, o la naturaleza, incluso su propia naturaleza, pero no la Iglesia, que no tiene competencias en la materia. Usted, don Ramón, sí que las tiene, usted sí puede coartar la libertad de Rouco, Rouco no puede coartar la suya. No existe la policía clerical ni los juzgados celestiales. Menos coñas señor Jáuregui, y, sobre todo, menos victimismo, que lo único que pretende es imponer la censura a los cristianos. Porque el único poder de Rouco estriba en hablar: y eso es lo que usted pretende arrebatarle. No se haga la víctima siendo verdugo.

Eulogio López

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