Benedicto XVI recibe a la nueva embajadora de España y se refiere a los últimos sacrilegios en nuestro país. Ni Zapatero ni Rajoy han repudiado el asalto a la capilla de la Complutense

España es un país tan católico que la blasfemia es sagrada. Sólo una nación creada a imagen de la Iglesia podía resultar tan anticlerical, tan cristofóbica. Poco importa que las vocaciones caigan y que la asistencia a misa decaiga: los españoles aman a Dios o le odian, no hay sitio para la indiferencia. Es un consuelo, porque "ojalá fueras frío o caliente", pero "como eres tibio, estoy para vomitarte de mi boca".

En vísperas del Domingo de Ramos, introito de la Semana Santa, Benedicto XVI ha cumplido 84 años. Como regalo de cumpleaños, el Reino de España le ha enviado una embajadora, de nombre María Jesús Figa, apellido que, en italiano significa "coño". Y de eso no tiene culpa la nominada, quien, además, tuvo la deferencia de saludar al Papa con un discurso en el que afirmaba, entre otras cosas, lo siguiente: "es evidente que una buena parte de la identidad de nuestra nación responde a sus raíces cristianas".

Benedicto XVI ese estupendo Papa que siempre habla claro pero nunca alto, se vio obligado a recordarle la indiferencia ante la profanación, ante el sacrilegio, ante la blasfemia. Las crónicas vaticanas aseguran que aludía al asalto a la capilla universitaria de La Complutense en Madrid, a cargo de las "guarras sin fronteras", pero me temo que los robos del Santísimo Sacramento, la prohibida procesión atea de Jueves Santo o las calumnias diarias en los medios próximos al Gobierno también han animado al veterano Pontífice, más amigo de construir que de criticar a introducir su advertencia ante la nueva embajadora.

Porque, en efecto, lo más sangrante es la indiferencia de políticos y medios informativos hacia el 'odium fidei", la cristofobia rampante. El Papa se estaba dirigiendo a una embajadora, es decir, a una diplomática que representa a un Estado y a un Gobierno. Lo más sorprendente del ataque de las guarras sin fronteras a la capilla de Somosaguas, que ha abierto la veda a los comecuras, es la indiferencia, a veces no exenta de tácito aplauso a los cristófobos, por aquello de que unos menean el nogal y otros recogen las nueces. Recuerden que la delegada del Gobierno en Madrid, María Dolores Carrión, antes de verse obligada a prohibir la procesión blasfema, que no atea, la calificó como un acto "festivo". Y el vicepresidente y ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, a preguntas de Hispanidad, mintió con su habitual entusiasmo asegurando que no tenía noticias de la tal manifestación.

Y la indiferencia mayor de todas es que el ni el señor Zapatero ni el señor Rajoy han dicho esta boca es mía. En un país esencialmente cristiano, hablar de Cristo es una vulgaridad.

Pero la Cristofobia arrecia en todo el mundo. Son tiempos de persecución donde sólo existen dos bandos: el mundo y el cristianismo, frente a frente, el maligno frente al Cuerpo Místico que parece culminar su crecimiento. Ya no es hora de disertaciones, las caretas van cayendo porque el mundo ha envejecido y, como sentenció Chesterton: "Ahora las cosas ya están claras, entre la luz y la oscuridad, y cada cual debe elegir".

Eulogio López

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