Mucho se ha escrito sobre la fría recepción del Papa Francisco al presidente francés Francois Hollande (ambos en la imagen), quien se llevó al Vaticano a un misionero galo, liberado de los islamistas nigerianos, como trofeo para la Iglesia. Así, el regalista progre quería atraerse al Papa.

La verdad es que lo único que ha hecho bien el presidente francés es su firmeza en el exterior, especialmente frente al yihadismo islámico, que constituye el tercer peor enemigo de Occidente, tras el panteísmo. Sí, el primer enemigo de Occidente es Occidente mismo, claro, y sus tendencias cristófobas, es decir, suicidas.

Pues bien, no es de extrañar la frialdad del Papa. Desde su llegada al  poder, anteayer, como quien dice, don François ha puesto boca abajo los principios no negociables de Benedicto XVI. A ver, sólo para recordar este espléndido resumen del Papa Ratzinger sobre aquello que para un cristiano no es negociables en política: vida, familia, libertad de enseñanza y bien común. A mí me gusta añadir un quinto, el derecho a la libertad religiosa, en el que Juan Pablo II tanto insistiera y que se ha convertido en la clave, junto al derecho a la vida, del siglo XXI.

Pues bien, Hollande ha practicado el caca-culo-pedo-pis habitual en la progresía. De los cinco principios no negociables ha negado los tres primeros, ha caído en el cuarto y ha obviado el quinto.

Francia -al igual que España, que conste- se está convirtiendo en tierra de persecución religiosa, mientras Hollande, como aquí Rajoy, mira hacia otro lado si es que no sonríe con complacencia. La cristofobia se ceba con gamberras en el templo pero, con lo que es más peligroso, profanaciones de sagrarios y del Santísimo Sacramento.

En el mismo tono que durante la II República española. Ya saben: los que asesinaban curas y quemaban templos sólo eran unos ¿incontrolados, nada institucional. Pero en Francia está comenzando a ocurrir.

Ha facilitado aún más en Francia ese crimen cobarde llamado aborto y jugueteado con la eutanasia. Ha legalizado el homomonio. Ha lanzado una carta de Ciudadanía que no es otra cosa que el lavado de cerebro cristófobo a los niños en las escuelas francesas. Por último, bien común, exige ahora austeridad a los franceses mientras él se aprovecha de su cargo para montar su harén particular.

¿Y querían que le recibiera con los brazos abiertos

Eulogio López

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