Si yo fuera Soraya Sáenz de Santamaría no mencionaría, como hizo el viernes 15 tras el Consejo de Ministros, de "apocalipsis".

Y es que, por mor de la crisis, los apocalípticos se han convertido mayoría, especialmente entre los no creyentes. Y les aseguro que no lo considero un fenómeno positivo. Quiero decir que, para el cristiano, el apocalipsis no es más que uno de los dogmas que se recogen en el Credo y, por tanto, es algo formidable, aun cuando el camino resulte doloroso. Por contra, para quien no confía en Cristo, el apocalipsis constituye la gran tragedia, y, lo que es más grave: la nada. No, no es lo mismo.

Existe un gran diferencia entre quien se plantea la gran tribulación porque contempla la incapacidad de esta generación para trasmitir los valores cristianos, que dan sentido a la vida, y quien se desespera cuando contempla que esta crisis es la madre de todas las crisis y que nos acercamos al abismo. El primero se preocupa por su alma, el segundo por su cuenta corriente; ergo, el primero tiene esperanza, el segundo sólo temor. En lo único que ambos coinciden es que el recipiente de la corrupción está demasiado lleno y no está lejano el día de la explosión. Es un mismo diagnóstico pero con diferente terapia.

Eulogio López

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