Es el momento de entrar en política, asegura el juez Baltasar Garzón en El País. La verdad es que él nunca había salido de la política. Simplemente la ejercía de forma coercitiva, como magistrado que era y con inclinaciones más bien sectarias. Así que no necesita entrar porque nunca ha salido.

No es exactamente así. El lenguaje forense es de largo recorrido. Largo y bajo. Porque lo que está pidiendo Garzón (en la imagen), para entendernos bien, es que le fiche algún partido con capacidad de reparto de cargos. Por ejemplo, el PSOE, aunque también podría ser Izquierda Unida, la fuerza política ascendente.

Si algo temo es al gobierno de los jueces, ejercido, además, desde fuera del Gobierno elegido. Mucho más que a los gobiernos. Los jueces no se atienen a unos principios o a un programa, como deben atenerse los políticos, al menos en teoría. Los jueces pretenden objetivos, aplican la ley, pero todo texto legal tiene muchas lecturas.

En plata: las decisiones judiciales son mucho más sectarias que las políticas... que ya es decir. Especialmente si se trata de un Baltasar Garzón, hombre capaz de convertir la Constitución en el Manifiesto de Marx o de cualquier lobby progre que le venga en gana. Su egolatría le permite interpretar la norma objetiva según su propio saber y entender (es un decir).

El caso es que Felipe González ya le tomó el pelo a Garzón: le prometió el Ministerio de Justicia e Interior y luego le aparcó en el Congreso hasta que se volvió al juzgado. Y volvió con ganas de revancha, en el mejor estilo de la casa: le sacó a Felipe González el asunto GAL. ¡Temblad, reaccionarios!, Garzón quiere volver y ya sabemos lo que eso significa.

Eulogio López

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