No, no me refiero al diario Hispanidad, sino a la hispanidad. La cosa va por otro lado.

La editorial Homo Legens que dirige el historiador Javier Paredes, ha tenido el acierto de reeditar Defensa de la Hispanidad, de Ramiro de Maeztu, en mi opinión el mejor ensayista español del siglo XX, quizás porque, al igual que el mejor ensayista mundial del siglo XX, Chesterton, era periodista y escribió esta obra maestra en una revista, por entregas.

Hay que reconocer que Maeztu contaba, junto a su indudable talento, con un puñado de defectos que han obligado a los exégetas a ocultar su nombre con pudor y a citarlo en voz baja. Y es que don Ramiro se dejó encarcelar y fusilar por las democráticos milicianos de la II República, bajo la grave acusación de pensar y escribir en cristiano, que nunca deja de ser una provocación para la tolerancia. Con su perversa actitud, Don Ramiro, ponía en solfa la ecuanimidad y el espíritu democrático del Gobierno republicano, cuestionamiento aprovechado por las fuerzas del fascismo franquista. Sí, he de reconocer que se tenía merecido su asesinato en vida y su condena a muerte.

Encima, la edición de Homo Legens recoge el prólogo que el historiador Federico Suárez, que sitúa al personaje en su peripecia histórica, en un almanaque biográfico difícilmente superable.

No se lee Defensa de la hispanidad para entender, ni a los españoles, ni a los hispanoamericanos, sino para entender al hombre, aunque en una función menor también puede resultar útil para enorgullecerse de lo que nadie se enorgullece hoy en Iberia: del pasado más egregio de España. Defensa de la Hispanidad, no es un libro, es una enciclopedia destinada a dar sentido a la vida. No está mal.

La primera en la frente. ¿Cuál fue el objetivo de la colonización española de América, según sus protagonistas primeros, los Reyes Católicos, tal y como figura en el testamento de la Reina Isabel: "El principal fin e intención suya, y del Rey su marido, de pacificar y poblar las Indias fue convertir a la santa fe católica a los naturales". Para ello, se encargaba a sus herederos y a sus ejecutores "que no consientan que los indios de la tierras ganadas y por ganar reciban en sus personas y bienes agravios, sino que sean bien tratados". La monarquía española, recuerda Maeztu, fue singularísima: se trataba de una monarquía misionera.

Maeztu marca la distinción entre la colonización española de Iberoamérica y la colonización anglosajona de Estados Unidos con un ejemplo que nos viene al pelo a los hombres del siglo XXI: los bancos convertidos en políticos y legisladores, dueños del sistema electoral a pesar de no haber sido elegidos. Hablamos, en suma, de plutocracia: "Los Estados Unidos son la fascinación de la riqueza en general y de los empréstitos en particular. Algunos periódicos se quejan de que las investigaciones realizadas en el Senado de Washington sobre la contratación de empréstitos para países de la América hispánica, hayan descubierto que algunos bancos de Nueva York han impuesto reformas fiscales y administrativas, que varias repúblicas aceptaron… Los banqueros se han convertido en colegisladores". ¿No les suena a la policía europea actual, todo ella encaminada a satisfacer a los mercados?

El ideal de la Hispanidad es el ideal de la igualdad de todos los hombres por mor de su filiación divina. Maeztu recuerda que otro de los grandes logros del espíritu hispano fue el Concilio de Trento, el más español, razón por la cual es el concilio más criticado en la España del siglo XXI: "Al abrir las rutas marítimas de Oriente y Occidente, (España) hizo la unidad física del mundo; al hacer prevalecer en Trento el dogma que asegura a todos los hombres la posibilidad de salvación, y por tanto de progreso, constituyó la unidad de medida necesaria para que pueda hablarse con fundamento de la unidad moral de género humano".

De hecho, las tres grandes obras de España -que conviene recordar en el día de la Fiesta nacional y de la Hispanidad- fueron tres: "La Reconquista, la Contrarreforma y la civilización de América".   

Pero estas gestas españolas en beneficio de toda la humanidad no surgieron porque sí. Surgieron porque la fe cristiana de nuestros ancestros nos llevó a despreciar el relativismo –lo sé, eran otros tiempos, pero podríamos recuperarlos- y a recordar, como hace Maeztu citando a Dostoyevski, que el dilema de los seres humanos, por racionales, no puede ser otro que el de "la verdad absoluta o la nada absoluta".  

España ha sido –sí ya sé que hoy no lo es pero, insisto, podemos recuperarlo. Este país ha sido el gran enemigo del relativismo. Entra la nada absoluta y la  verdad absoluta se decidió por ésta última, La verdad es que no me gusta la expresión "verdad absoluta": le sobra el adjetivo y parece una reiteración pedantona. Porque si no es absoluta no es verdad y si es verdad es absoluta. Maeztu explica el origen del relativismo en el humanismo modernista que, siguiendo las huellas del viejo Protágoras, convierte al hombre en la medida de todas las cosas: "Bueno es lo que al hombre le parece bueno. Bueno es lo que nos gusta; verdadero, lo que nos satisface plenamente, la verdad y el bien abandonan su condición de esencias trascendentales para trocarse en relatividades". Concluye Maeztu: "Humanismo y relativismo son sinónimos".

¿Y por qué es malo ese humanismo modernista? Pues porque "en estos últimos siglos, este tipo de humanismo sugiere a algunas gentes, y hasta a pueblos enteros, o por lo menos a sus clases directivas, la creencia en que lo que ellas hacen tiene que ser bueno, por hacerlo ellas". Vamos, el viejo orgullo, más viejo que Protágoras.

Por contra, "los españoles no han creído nunca que el hombre sea la medida de las cosas. Han creído siempre, y siguen creyendo, que el martirio por la justicia es bueno, aún en el caso de sentirse incapaces de sufrirlo… lo bueno es bueno y lo verdadero, verdadero, con independencia del parecer individual". Y esto que se dice de los españoles podemos ampliarlo a los hispanoamericanos, hoy despreciados por una generación un poco tonta de españoles, pero que asumieron nuestra filosofía en la colonización.

Eulogio López

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